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El déficit democrático
Julio 15, 2005 12:47 PM


La democracia de baja intensidad, descaminada por el pensamiento único neoliberal, podrá ser del pueblo e incluso persistir por el pueblo, pero es virtualmente imposible que sea para el pueblo. Los nuevos problemas y retos del siglo XXI no pueden solucionarse con planteamientos políticos, económicos y sociales de la primera Revolución Industrial (1750-1848), pensados para situaciones distintas.

Es una democracia secuestrada por minorías patrimonialistas que la aprovechan más que todo en beneficio propio y de los suyos. Este sistema desnaturalizado pretende ignorar que produce pobres y desea ignorar a los pobres que produce. La distribución de la riqueza generada por el trabajo de la nación toda, es cada vez más desigual. Es posible que al concluir la actual administración haya un número más elevado de pobres que al comienzo del cuatrienio.

Es una democracia ineficiente, dominada por un ideologismo contraproducente. Mientras imperó el pragmatismo de la Vía Costarricense al Desarrollo, dígase de 1950 a 1979, el crecimiento promedio anual por persona fue de 6%. En contraste, de 1984 a 2003 ese promedio bajó a 1,7%. Imperturbable, el doctor neoliberal dirá que ¡el paciente no completó el tratamiento: hay que doblarle la dosis! Y si los electores se dejan, los ensartan de nuevo.

Es una democracia insegura, en la que sube el temor por la violencia y el crimen —o la negligencia aterradora, como en el siniestro del hospital Calderón Guardia—. La inequidad en la distribución del ingreso es una de las causas del aumento en la tasa de homicidios y delitos contra la propiedad. Según el Presidente de la Corte Suprema, los casos atendidos en los tribunales por violencia doméstica pasaron de 15.300 en 1997 a 48.073 en 2004.

Es una democracia interceptada por elites de «expertos» que, a espaldas de las mayorías, dicen actuar a favor del interés de los ciudadanos, aunque estos ni lo sospechen. La democracia ha devenido en tecnocracia: la voluntad popular sustituida por políticos designados a dedo. Con razón las encuestas miden la opinión preponderante sobre el rumbo equivocado del país y el acrecentamiento de la desesperanza.

La catadura de la adulteración democrática puede ampliarse en muchas facetas. La cuestión que afronta el costarricense es esta: ¿podrá transformarse tan regresivo estado de cosas por la vía pacífica del voto? ¿Cederá por las buenas el bicho bicéfalo la hegemonía de la titularidad del poder? ¿Podrá más la soberana voluntad popular que los enquistados intereses particulares?

La democracia es más que una forma política de gobierno, mucho más que la elección de representantes por sufragio universal. La democracia es una forma de entender la vida y la organización social que posibilita al ser humano llegar a ser realmente persona, artífice de su propio destino. Esta concepción rebasa el modelo de individualismo neoliberal.

La persona no es meramente homo oeconomicus. Es preciso superar el marco teórico de la competitividad hiperbólica, incapaz de configurar la realidad social desde el reconocimiento de todos. Se requiere un nuevo paradigma de solidaridad que revise a fondo el modelo de desarrollo y estilo de vida. Para ello es necesario, entre otras cosas, recuperar el sentido crítico y educar en él. (M. Dolors Oller i Sala, Davant una democràcia de “baixa intensitat”, Barcelona: Cristianisme i Justicia, 1994).

Enseñaba el maestro Mario Sancho: «Cultivemos lo propio, defendamos nuestros ideales de vida, en vez de dejarnos imponer usos, cursilerías casi siempre de otras partes. No cerrarnos a lo extranjero, pero sí discernir entre lo que conviene o no. Examen, sentido crítico, es la cosa que más falta nos hace».

para La República, 18 julio 2005