Ratificado el acuerdo comercial por el Congreso de Estados Unidos, adversarios y partidarios del documento de la discordia han desatado aquí una estridente tormenta tropical de truenos, rayos y centellas que aturde en vez de sosegar los ánimos y alumbrar el entendimiento. De súbito, la decaída campaña electoral se enciende jalada desde uno y otro extremo, como si la historia y el desarrollo de la nación comenzaran o acabaran con el telecé que unos publicitan como mágico y otros rechazan como maldito. Para decidir con fundamento se requiere, en primer lugar, calma, además de retrospectiva y perspectiva.
La apertura al intercambio comercial siempre fue positiva para Costa Rica, desde que en el siglo XIX se iniciaron las exportaciones de café al mercado inglés. Fue el libre comercio con Europa el que permitió, en pocas décadas, evolucionar de la pobreza colonial a la prosperidad republicana. Hubo años en que hasta el 90% del comercio se hacía con la plaza de Londres, una proporción mucho mayor que el intercambio actual con el mercado usamericano. ¿Qué suerte habría corrido Costa Rica si el «partido inglés» del liberal Presidente Montealegre, educado en Inglaterra y casado con dama británica, hubiera suscrito un TLC con el Reino Unido?
La segunda apertura comercial positiva fue a mitad del siglo XX, con el Tratado Centroamericano de Integración Económica. La Administración Echandi consideró patriótico mantener separado al país del Mercado Común Centroamericano. Cuando la Administración Orlich le sucedió en el mando, Costa Rica se incorporó al mercomún: fue la última nación en ratificar el tratado, años después del arranque del proceso. Así se confirmó la observación del maestro Constantino Láscaris sobre la virtud costarricense de «saber llegar tarde», o como en el camino dijo el arriero: «no hay que llegar primero, pero hay que saber llegar».
La Administración Reagan abrió unilateralmente las fronteras comerciales de Estados Unidos a un 80% de las exportaciones de Centroamérica y el Caribe. Ahora, la Administración Bush celebra que con el nuevo acuerdo comercial se emparejará la cancha porque el 80% de sus exportaciones industriales y el 50 de las agrícolas aún pagan impuestos de aduana en estos países.
Concuerda el respetado especialista Jorge Witker, investigador de la Universidad Nacional Autónoma de México y árbitro panelista del Tratado de Libre Comercio de Norteamérica, quien advirtió en San José: «Sería interesante que el TLC realmente fuera un instrumento para fomentar el libre comercio en ambos sentidos. Sin embargo, pareciera que está diseñado solo para la libre importación o compra de productos. Al parecer no hay equivalencia entre las ventas que potencialmente podrían hacer Centroamérica y República Dominicana (en las cuales hay subsidios y estrictas medidas fitosanitarias), frente a las compras o importaciones de productos estadounidenses, las que evidentemente se ven favorecidas en varios aspectos. Más que libre comercio, es un tratado de libre compra».
Entre la propaganda comercial de los unos y la propaganda política de los otros, el ciudadano se siente turbado por el elevado nivel de ruido. La razón debe estar en el justo medio, la cual es difícil de precisar en la batahola del recurso al miedo más que a la serenidad. El arte de la política consiste en conciliar los extremos en aras del más legítimo interés nacional: hay que escuchar a todos y satisfacer, en la medida de lo posible, sus demandas. A la fuerza, ni los zapatos entran. Hay una forma muy costarricense de acoger o rehusar, adoptar y adaptar las ofertas que llegan de afuera. La ciudadanía necesita que cese la hipérbole y baje la alharaca para conocer la verdad real sobre el TLC.
DOS TEXTOS DE LECTURA OBLIGADA: Historia de la ingeniería en Costa Rica, libro de la investigadora Clotilde Obregón Quesada, publicado por el Colegio Federado de Ingenieros y de Arquitectos; Historia del derecho constitucional costarricense, obra del investigador Carlos Araya Pochet, editada por la Editorial Universidad Estatal a Distancia (EUNED).
para La República, 1 agosto 2005