Esta es la introducción a la obra de don José Calvo, titulada Seguridad Alimentaria, que acaba de salir con 535 páginas. Es una edición privada, disponible –por ahora– en las oficinas de Upanacional, al costo de ¢3.000 por ejemplar.
«El Dr. don José Rafael Calvo Fajardo,
sabio apologista de la agricultura»
En la cumbre dorada de sus setenta y seis años fructuosamente vividos y desde la casa humilde construida con sus propias manos allá en las alturas de Vista de Mar, cantón de Goicoechea, este culto campesino cartago ausculta con preclara presciencia el predicamento de la agricultura enervada y ofrecida en sacrificio en el altar materialista del pernicioso paradigma de mercado. Bibliófilo enciclopédico, agudo lector de prensa y esclarecido radioescucha, semana a semana hunde el escalpelo de su pluma diamantina en la pomposa prosa pagana de la hipérbole mercadista que en pleno siglo XXI pretende desplegar como novedades los postulados liberal-libertarios de la decimonónica escuela de Manchester —en rigor, un rancio dogmatismo regresivo ahora propugnado por «el eje del bien», que el papa Juan Pablo II califica sin dudas como «mecanismo perverso» contrario al bien común de la humanidad—.
La agricultura es una actividad multifuncional, insustituible para la marcha equilibrada de la sociedad siempre y en todo lugar. Trabajar la tierra es un ethos que sobrepasa la producción y el intercambio de bienes: la agricultura familiar es un ambiente, es una historia, es una cultura en estrecha comunión con la madre naturaleza. Quienes nos criamos con la lectura hogareña de revistas como La Carreta y la Chacra (Argentina) o los libros criollos de don José Mª Arias; semillas y consejos dispensados por el amigable agente de extensión agrícola en las oficinas de STICA (Servicio Técnico Interamericano de Cooperación Agrícola); huerta casera, guineos, árboles frutales, colmenas, cabras y gallinas en el cerco; clases de agricultura y granja común en la escuela y el colegio; siembra colectiva de variedades autóctonas en el Día del Árbol; y entrañable participación solidaria en los clubes 4-S, echamos de menos un entendimiento y un aprecio compartidos sobre la verdadera naturaleza y trascendencia señera de la agricultura. Los políticos de hogaño se avergonzarían de mencionar siquiera a la Costa Rica rural, si bien las más acendradas virtudes de la democracia y los más sólidos valores de la nacionalidad se arraigan y se protegen mejor en el campo, entre los pequeños y medianos productores agropecuarios y, más generalmente, en los varones y las mujeres de la clase campesina.
Hombre libre, quien encarna mucha más dignidad de la que podría caber en su cuerpo cenceño, don José declara que no es «animal domesticable». Es un rebelde con causa: la Seguridad Alimentaria, a partir de la producción propia de alimentos básicos. Hay tantos elementos que afectan los costos y los precios de la producción agropecuaria que necesariamente deben existir mecanismos estatales de compensación interna y externa, a la manera del Consejo Nacional de Producción original o de acuerdos comerciales internacionales como el emasculado Convenio Internacional del Café. Su perspectiva patriótica choca de frente con la agrofóbica contrarrevolución neoliberal, la cual en dos décadas ha descalabrado a Costa Rica al punto de tenerla humillada como nación que «produce lo que no consume y consume lo que no produce». He aquí la causa primera de su lucha sin tregua contra «el fundamentalismo de mercado servil», que pone al agricultor campesino a competir con los excedentes subsidiados de los países ricos. Porque no hay manera de evitar la intervención del Estado en agricultura, «y los subsidios usamericanos y europeos no son otra cosa».
Acomete su batalla justiciera desde el conocimiento y la experiencia de una vida comprometida con la agricultura. Bachiller en Ciencias y Letras del San Luis Gonzaga a los 19, estudió Agronomía en El Zamorano, Honduras, y después obtuvo un Bachillerato Universitario y una Maestría en Ciencias en la Universidad de la Florida, donde ganó a los 36 años un Ph. D. (doctorado en filosofía) con especialización en Entomología. Se desempeñó como profesor de Genética en la Escuela de Agricultura Tropical de Daule, Ecuador; de Agronomía en la Escuela Nacional de Agricultura de San Andrés, El Salvador, y en su alma mater de El Zamorano; de Ciencias Biológicas en la Universidad de El Salvador; y profesor ocasional de Economía Agrícola en la Facultad de Economía de la Universidad de Costa Rica. Fue asesor técnico de Fertica S.A. para todas las zonas agrícolas de Centroamérica y luego de la firma Crystal Chemical. Por doce años trabajó como dirigente y asesor de la Unión Nacional de Pequeños Agricultores (Upanacional), donde fue gerente de Upacoop. Durante un cuatrienio laboró como asesor parlamentario del diputado elegido por PALA, partido surgido de Upanacional. A lo largo de veinte años tuvo una finquita lechera propia. Son numerosas sus publicaciones técnicas, además de sus colaboraciones en columnas de opinión para la revista Agroindustria y el periódico La Prensa Libre, así como 35 ensayos aparecidos en la revista Acta Académica de la Universidad Autónoma de Centroamérica. Tres libros suyos anteceden a esta colección de sus escritos más recientes: la novela satírica La maroma (1982), Precio sobre costo (1989) y La reconversión agrícola y el agricultor campesino (1999).
La apologética agrícola de don José en los textos aquí reunidos, es un dechado de lucidez intelectual y de lógica brillante, con un estilo lleno de vida. Igual recurre a palabras antiguas (epiciclo, almagesto), que adopta neologismos (serendipítico, usamericano) o inventa términos (CR-USAdos, stiglitzfobia, comexiana, combista [del ICE]). Sabe ser incisivo con el adversario («A veces he tenido que ahumar un usú para sacar al cusuco de su cueva»): «Al» llama a un Alberto amiguete de Bob su contraparte usamericana; «el de nojotro» escribe para retratar en un vocablo a quien no aprendió a hablar como tico; «señorón» dice a un capitán de camaristas o camarlengo comercial, títulos de dignidad ambos. Sin mentar nombre alguno, se refiere a una «personita tan light» hechura de la televisión, la cual «pregunta así con su dedo sentencioso y su rictus de severidad paternalista». A un centro académico del mercadismo a ultranza lo alude como «pajarera con una sola especie»; denomina a un articulista habanero y madrileño de la consabida línea, «apóstol del fundamentalismo ultramontano del mercado»; entre nosotros, dice en otra parte, el ministro de Agricultura «es lo que los gringos llaman a joker (un comodín en la baraja)».
Es un virtuoso del scherzo o cuenterete de estilo ligero y chispeante que ilustra el tema más intrincado. Como «el tontico de mi pueblo que volvió de La Línea contando sus aventuras: había un negrazo matón, que tenía aterrorizado al pueblo, era violador y homosexual, ‹Viera› —decía mi paisano— ‹Ius guarde icile que no›.» O el del síndrome de la tijereta: «Una pareja de viejitos que no se ponían de acuerdo en nada iba por el campo, y cuando vieron una bandada de pájaros el viejito dijo golondrinas y la viejita tijeretas. El alegato llevó al viejo a sumergir en el río a la vieja para que cambiara de opinión pero mientras se ahogaba, la vieja sacaba la mano y hacia tijeras con los dedos. Cuando buscaban su cuerpo, el viejo decía encuéntrenla río arriba». También «el tipo que creía la luna más importante que el sol, porque alumbra de noche que es cuando más se necesita», o el que «iba a caballo con las alforjas en los hombros, para aliviarle la carga a la bestia». Y juegos de palabras en español e inglés: «La Machaca dice que Costa Rica necesita un Zoellick. Lo único que necesita es un Zoel porque ya tiene bastantes licks» —¡lick significa lamer!—. Como sus escritos se difunden en el foro electrónico de un partido político y un día un quídam quiso cuestionar su derecho a estar ahí, relató: «Cuando yo era un muchacho en Cartago, encontraron en el servicio sanitario del Salón París un graffiti contra el coronel Pencho Alvarado que decía: ‹La mamá de Pencho es una santa, pero Pencho es un hijo de tal› y allí me apresaron por revolucionario… En el PLN tengo credenciales viejas porque soy excombatiente, sed magis amica veritas».
Esta compilación de textos cubre del 2003 al 2005, años de tratativas veladas y atemorizadora propaganda sobre el tratado de libre comercio entre Estados Unidos, Centroamérica y República Dominicana (TLC). El Dr. Calvo Fajardo cree tanto en el libre comercio auténtico cuanto abomina del comercio súper administrado, en especial porque extermina al pequeño agricultor desprotegido por el Estado que «incentiva» a los exportadores y hace añicos la Seguridad Alimentaria. Precisamente, la aniquilación de agricultores lo conduce a catalogar al librecambio de nuevo cuño como ideología «fascista», aunque «ninguno reconoce su fascismo que practican desinhibidamente pero con el uniforme socialista [del PLN, no PNL o Partido Neo Liberal]». El paradigma de mercado «cree que la eficiencia se mide en términos de creciente productividad, sin ningún miramiento ni por el límite genético, ni por el ambiente, ni por las fluctuaciones de los precios de los productos agrícolas, ni por los excedentes de granos en el mercado internacional, ni por el hecho de que estos despreciables e ineficientes agricultores son los que producen la comida para 5.000 millones de la población mundial». No es posible, sostiene don José, «meter a la agricultura en el concepto industrial del mercado, que es como meter una clavija cuadrada en un hueco redondo. Hay que excluirla de los tratados de libre comercio». A partir de estas objeciones, añade otras dimensiones a su bravo disenso: las excesivas pretensiones de proteccionismo de la propiedad intelectual de los países ricos, la demanda de patentar las plantas de cultivo, el empleo de mentiras y calumnias contra los monopolios estatales para privatizarlos, la pretensión ideológica de que todo debe estar en manos privadas; el pleito «se endureció cuando nos dimos cuenta de que nuestros negociadores comerciales se financian desvergonzadamente con la plata de los usamericanos». Dice: «Yo he buscado el libre comercio desde hace muchos años como buscar a Dios, con la diferencia de que de Él sí vemos las señales que nos permiten creer que existe».
Su afán de entablar un debate civilizado con los de la otra parte surge de su buena voluntad asentada en los principios, valores e ideales de la democracia republicana, pero se estrella contra la arrogancia del pensamiento único: ellos no dilucidan el dogma, lo imponen. El mercadismo, que comulga con el dios Mammón —personificación de los bienes materiales esclavizantes del hombre—, pega mas no escucha: los demás están en el error, solo ellos conocen la verdad. Creen que poder que se discute es poder en liquidación. Don José ha sido víctima de todo tipo de denuestos como atizador de odios, comunista, conspirador internacional, destructor de la patria, enemigo del empresario a quien quiere sustituir, engañoso, improductivo, ineficiente, instigador, irresponsable, poco exitoso, poco inteligente, racionalizador del miedo, resentido, trasnochado, xenófobo visceral, jijo de… «Hay que exponer el egoísmo de los ganadores que alegan representar a la mayoría, y despojar a esa cruda ideología mercantilista de su falso ropaje de razón y de ciencia; desenmascararla como una monstruosa charlatanería, peor que las del pasado reciente. Y aquí no caben los paños tibios», replica don José. Y ante el mote de revoltoso, manifiesta: «A mi nunca me preocupó esa clasificación. Siempre dije lo que tenía que decir en todas partes. Seguro por eso no pude hacer carrera. De muchos lugares me han echado y de otros me fui yo. Aunque no pudiera afectar el resultado, siento la enorme satisfacción del deber cumplido». Convencido al fin que es imposible debatir contra lo que él denomina el BRITA (Banana Republic Imposed Trade Agreement), advierte: «Parece que ir a marchar va a ser inevitable […] una manifestación de rebeldía, que nos puede devolver algo de la vergüenza y la dignidad. […] Ahora iremos todos juntos: si vamos a pelear hagamos un buen pleito. […] La reacción callejera se puede salir de curso con mucha más razón que cuando el combo, porque ha habido mucha más provocación, mucha más arrogancia, mucho más ocultamiento, mucha más intriga, mucha más connivencia. […] Nosotros teníamos esperanzas de que la confrontación se pudiera evitar, pero los acontecimientos dejan a la calle como única salida, y la calle será. [...] La desobediencia civil es inevitable; ojalá que no tengamos que llegar a la revolución».
Hay dos propuestas suyas que vale reseñar. Una es el establecimiento del premio anual Paullu, en memoria de don Paullu Inca (1518-1549) —títere coronado por España— «colaboracionista, traidor a carta cabal, y modelo de todos los malinchistas posteriores: si en Europa han anatematizado para siempre el nombre de Vidkun Quisling (1887-1945) —político noruego títere del nazismo— nosotros tenemos mucha más necesidad de desalentar la práctica usando como ejemplos de servilismo los nombres de la Malinche —, amante de Hernán Cortés, hija de un cacique de lengua náhuatl— y Paullu porque aquí sus émulos proliferan. […] Qué útil sería tener un Paullu que pudiéramos adjudicar al mayor de nuestros traidores, como se hace con el Oscar en el cine, o como hacen los ambientalistas con El Diablo Rojo. Candidatos al Paullu los tenemos por montones, de modo que tal vez habría que asignarlos por docena o por gruesa». Cita un proverbio árabe: «Si te pones en cuatro patas, alguien se te encarama». La otra propuesta es elaborar un Quién es quién, que desvele el entramado de la telaraña de intereses financieros, partidistas, comerciales y de toda índole entre quienes ejercen dominación sobre la sociedad: «Costa Rica necesita un Who is Who, un Burke's Peerage o un Almanaque Gotha que nos diga por qué una persona está donde está y por qué dice lo que dice. De vez en cuando obtenemos un rayito de luz, como cuando alguien escribió ‹después de Dios los Quirós› o el libro de Samuel Stone. […] Si le adjuntáramos el pedigree a cada cargo importante, y especialmente en los asuntos económicos ahora, tal vez podríamos explicarnos mejor qué es lo que pasa o disipar la suspicacia. Necesitamos como un Maimónides (1135-1204) —Mose ibn Maymón, filósofo, médico y talmudista hebraicoespañol— que nos haga una Guía de los perplejos. […] Conocemos un millonario que era calderonista cuando cogía café (casi comunista); liberacionista como industrial socio del economista laureado, cuando ambos disfrutaban de tarifas arancelarias del 300% y ya abogaban por la libre importación de los alimentos; y abelista ahora con el TLC, defensor de sus discursos acantinflados; de repente también es banquero».
Cree don José que la «aristocracia plusquiana» [mezcla incestuosa, o peor aún, de liberacionistas con socialcristianos] se ha transformado en un partido único adscrito a la ideología mercadista, que si acaso permite al pueblo «votar por Chicho o por Checho». Además, «no hemos superado el caudillismo, y como decía don Mario Sancho ‹después de los Cletos y los Ricardos vendrán los cletitos y los ricarditos›…» Añade: «Uno puede entender que un caudillo mesiánico ‹socialista› [liberacionista] se crea que encaramándose en el vagón del mercado global él puede tener otra ronda, y sacar a su país del subdesarrollo. Y si de esa manera él fomenta también el interés de sus empresas, pues la sopa en la miel. Lo que no se puede entender es cómo los ‹cadres› de su partido lo toleren, que no se atrevan a antagonizarlo y anden por ahí pussyfooting alrededor del matocho: que van a protestar, y a protestar, y a protestar, y no protestan. Hay que aceptar que eso puede ser por temor de terminar de desbaratar el partido. Pero como por ese camino se tiene que desbaratar sin remedio, me temo que la razón principal puede ser el interés en un ministerio. […] ‹Ius guarde icile que no› porque ponemos en peligro nuestro ministerio, nuestra diputación, nuestra presidencia ejecutiva, nuestra embajada, nuestra pensión de privilegio, o las ventas institucionales. ¿Ya?» Es un régimen bajo el cual «la mentira se hizo un hábito. Aunque ahora la mentira forma parte inseparable del nuevo paradigma de la libertad de mercado, como formó parte del anterior del estado empresario». Repudia la «prepotencia temeraria […] de una tendencia que se arroga el derecho de hablar por todo un partido, [lo que] solo puede contribuir a provocar más cismas». Avisa: «No me quedaré callado para apaciguar a ningún poderoso, aunque sí me reservo el derecho de continuar la lucha en el exilio y por eso he contemplado el samizdat. […] Estamos acostumbrados a la regañada paternalista, a que se nos niegue el don, y a que no se escuchen nuestros argumentos». Y considera deseable «la aparición de un partido que de la pauta, que permita la participación e influya en el curso. […] La humanidad está a las puertas de una especie de ‹teoría del campo unificado› que tome en cuenta todas las fuerzas, en vez de hacer una selección arbitraria y esnob. Por supuesto que nada bueno puede salir del tipo mesiánico que nos diga: ‹El campo unificado soy yo. Síganme y los llevaré a la tierra prometida›. Algún partido va a liderar una tercera vía».
Costa Rica está urgida de importantes tareas, entre las cuales menciona aprender a manejar bien el turismo; arreglar los caminos y las calles, ponerles señales; recoger la basura, no arrojarla en las calles; construir aeropuertos adecuados; condenar a los corruptos; simplificar y eliminar regulaciones parasíticas; eliminar la afiliación a la unión gremial como requisito para tener derecho al trabajo; quitar la exclusividad monopolística de las distribuciones comerciales; eliminar el absurdo sistema de puntos que mantiene interinos a tantos profesionales durante toda su vida laboral; hacer los incentivos universales para fomentar la producción, en vez de siempre discriminatorios; implementar la democracia acabando con todos los regímenes especiales y el tráfico de influencias; ver que la plata de la filantropía llegue a los pobres; preocuparse también por el mercado local en vez de solo por la exportación; garantizar la Seguridad Alimentaria. «¿Acaso necesitamos un TLC para hacer esas reformas? El TLC más bien las impide, porque ponemos la carreta delante de los bueyes», y agrega: «Hay que hacer un compromiso más concreto como ¿qué vas a hacer con la Seguridad Alimentaria? ¿Qué vas a hacer con los genéricos? ¿Cómo nos vas a garantizar el límite de la privatización de los servicios sociales? ¿Están tus huevos en el canasto del TLC? También sería bueno poder escoger un caballo ganador».
¿Cuál es la misión de don José? Escribe: «No soy un reformador sino un crítico que aconseja moderación y eclecticismo. […] El mercado está bien, lo que está malo es la hipérbole: hincarse ante el tramo. Me parece que a estas alturas tampoco podemos hablar de las leyes del mercado: no tiene leyes, tiene manipulaciones; y la mano invisible resulta no ser la de los miles de tenderos y sus clientes, sino la de las corporaciones comerciales». Confiesa: «A mi edad siento a menudo el desaliento de no ver una acción de oposición coordinada ante la extremada ideología de moda. Una acción articulada, en vez de tiros aislados. Eso nos toca a nosotros, y su descuido es culpa nuestra. […] Del lado de la razón y el buen sentido lo tenemos todo». Explica: «No es por problemas de salud que me ausenté (temporalmente) de La lista [el foro electrónico partidista], sino por el desaliento de no ver ya no digamos la polémica de fondo pues esa nunca lo he visto, sino la mera discusión pertinente. La cosa parece ser grave, de repente es un ethos palanganas». Lamenta: «Nuestra sociedad es lo que el etólogo francés Jean-Jacques Petter llamó un noyau: una sociedad de hostilidad interna. Todos contra todos. Imposible convenir. Imposible siquiera discutir, porque eso significa examinar los pros y los contras de un asunto».
La sociedad costarricense se encuentra a la mitad de una transición epocal: así como la decimonónica Primera República del Estado Liberal de Derecho fue sucedida por la vigesémica Segunda República del Estado Social de Derecho, ahora se viven los dolores de parto —incruento si se puede— de la Democracia de los Ciudadanos, con una nueva estructura de la sociedad y una organización moderna del Estado ajustadas ambas a las realidades del siglo XXI. El pensamiento crítico de patriotas como el Dr. don José Rafael Calvo Fajardo resulta esencial para orientar el cambio, rescatar lo mejor del ciclo histórico que fenece y proyectar con fuerza los valores y los ideales permanentes de la costarriqueñidad. Tatica Dios conceda muchos años más de salud corporal, lucidez mental y vigor intelectual a don José, para que nos ilumine con su pensamiento siempre actual; y que le conceda asimismo concretar esta plegaria suya: «¡Oh Dios todopoderoso, permítenos morir en la pobreza, pero con dignidad!». Amén.