Conferencia en el Salón de Expresidentes de la República,
Asamblea Legislativa, en ocasión del 161 aniversario del natalicio del
mayor general Antonio Maceo y Grajales - 14 de junio de 2006
Agradezco a las señoras diputadas y a los señores diputados que convidaron al acto que nos congrega en este recinto augusto, para rememorar la presencia en Costa Rica del Héroe de la Emancipación Cubana, mayor general don Antonio Maceo y Grajales.
I
El general Maceo vivió en Costa Rica de 1891 a 1895. Echó a andar una colonia agrícola en las cercanías de Nicoya y fundó la comunidad de La Mansión, distrito segundo de aquel cantón guanacasteco. Por cierto, el 13 de marzo de 2002 se realizó un Cabildo Maceísta –dentro de la formalidad de una sesión del Concejo Municipal de Nicoya– en el cual los vecinos acordaron restaurar el nombre de su pueblo para que en adelante se llame otra vez La Mansión de Maceo. Bien harían los representantes populares de Guanacaste en dictar una ley para que esta Asamblea Legislativa afiance esa decisión surgida del fervor maceísta arraigado en la conciencia social de esa bella y progresista localidad.
Porque todos los días se venera el ejemplo luminoso del general Maceo en el centro de educación elemental de su pueblo, denominado Escuela Antonio Maceo y Grajales. El himno escolar dice: “Nuestro ideal es ardiente deseo / de alcanzar una cima preciosa / nos protege una sombra grandiosa / bajo el nombre de Antonio Maceo”. Los viejos maestros mansioneños cantan aún:
La Mansión alza el vuelo entusiasta
en el gesto de orgullo viril,
de Maceo la fulminante espada
y el civismo en llamas de José Martí.
Si algún día flaqueara la patria
en su ideal de justicia y de honor,
volveremos conciencia y mirada
a Martí el apóstol, a Maceo el león.
Es el cántico cívico Águilas de libertad, letra del poeta don José Albertazzi Avendaño y música del maestro don Jesús Bonilla Chavarría. La juventud masioneña también canta al general Maceo en el Himno al Colegio Técnico Profesional Industrial La Mansión, letra y música de don José Ramírez Sáizar.
La Mansión tiene historia grandiosa
pues hay manes patricios aquí,
este humilde rincón de la pampa
vio a Crombet, a Maceo y Martí…
Que la pampa tremole en sus hijos
a la par del heroico mambí
y en el alma de cada estudiante
sea un ejemplo el apóstol Martí.
Estas palabras iniciales quieren subrayar que, en verdad, el maceísmo es una corriente entrañable en un sector significativo del pueblo costarricense, que hoy resuena en el Salón de Expresidentes del Poder Legislativo.
Nicoya es palabra eufónica en la saga del patriotismo cubano. En diversas circunstancias y en tiempos distintos, la voz chorotega se escuchó en el recinto del Capitolio de la Habana, al evocarse en la Cámara de Representantes la etapa en que el general Maceo «trueca la espada por el arado». Por ejemplo, en 1929: “¡Oh tierras bravías de Nicoya, que recibieron la atención y el trabajo de nuestro héroe, si pudieran hablar cómo nos contarían sus años de ardorosos trabajos, sus conversaciones patrióticas en que tras la jornada ruda rendida al caer del día surgían aquellas pláticas enderezadas a redimir nuestra tierra y cómo parece que entre aquellos palmares que recuerdan los nuestros, al correr tibio y suave del céfiro es el continuo suspirar de él por la patria irredenta!”
Dos años más tarde, en sesión de la Cámara dedicada al general Maceo, esta exclamación: “¡Nicoya, pedazo de tierra americana, que debemos pronunciar su nombre como algo nuestro, porque ese inolvidable rincón de Costa Rica, debe haber tenido un sabor a tierra cubana, por haber sido refugio del glorioso mambí!”
Y en el Senado, el Presidente de la República de Costa Rica, benemérito doctor don Rafael Ángel Calderón Guardia, escuchó en 1943 nobles palabras sobre “los lazos de amistad y comprensión entre dos pueblos hermanados por Dios”:
"En días sin sol, cuando el separatista cubano tenía que rumiar sus inconformidades con el rincón nativo, o emigrar hacia tierras donde un clima de libertad le permitiera perfilar sus planes y combinar sus acciones, Costa Rica abrió las compuertas de su cordialidad, de su simpatía y de su cariño, a los más significados jefes de la insurrección cubana. ¡Qué no vivió bajo su cielo, ni aspiró el oxígeno vivificante de su democracia, el general Antonio Maceo! Donde vivía Maceo, vivía, a plenitud, la libertad cubana. Costa Rica, dulce como las corrientes del Sapoá y del Sarapiquí, supo alentarlo en sus sueños de gloria; Costa Rica, vigilante de los destinos humanos, como sus retadoras cumbres del Chirripó y del volcán de Cartago, decidió entregarle, como en ofertorio a su apostolado, vastas regiones agrícolas en la zona de Nicoya, junto a la costa del Pacífico, donde lo más selecto y caracterizado de nuestra emigración bizarra, derramó sobre los surcos rotos, con la simiente próvida, la ilusión de un programa de trabajo que comenzaba en las áreas de la colonia La Mansión y terminaría sobre los ariscos pedregales de Mantua, remate de la Isla, y fulgurante epílogo de la campaña inmortal de la Invasión. En las tierras de Costa Rica se escribieron brillantes páginas del Libro de nuestras libertades".
La Municipalidad de San José razonó así la decisión de levantar un busto del general Maceo en los linderos de barrio República de Cuba en 1941: “Porque su genio militar defendió el espíritu civil, se erigió este busto al Libertador cubano Lugarteniente General Antonio Maceo, como homenaje a su patriotismo”. Razón tenía el Ministro de Cuba en Centroamérica cuando en esa ocasión definió: “Antonio Maceo será el punto de contacto imperecedero entre las Repúblicas de Costa Rica y Cuba”.
El más distinguido estudioso del general Maceo en la segunda mitad del siglo XX, el periodista e historiador José Luciano Franco, reconoció el asilo político otorgado por Costa Rica al luchador cubano, como encarnación de “un positivo ejemplo de la solidaridad continental en aquel periodo histórico”. De solidaridad –y solidaridad militante– quiero hablarles esta noche.
II
El general Maceo cultivó estrechas relaciones de fraternidad con refugiados políticos de Ecuador, Nicaragua, México, Perú, Venezuela y, en especial, de Colombia. Unidos por el credo del liberalismo radical, forjó perseverante en algunos casos y cultivó con esmero en otros nexos de solidaridad desde la plataforma de su benévolo asilo costarricense. Entre sus principales amigos colombianos estuvieron el general Rafael Uribe Uribe, el general Avelino Rosas y el general Adolfo Peña –otro paisa, el orador y coronel Gustavo Ortega llegó a ser Secretario Particular suyo en una etapa de la Guerra de Independencia–.
El ascendiente del general Maceo ha sido perdurable en Colombia como resultado de sus relaciones políticas y militares de muy elevado nivel, el número y calidad de militantes que pelearon a su lado en la Guerra de Independencia, y en especial por la adopción temprana y la difusión fervorosa de su doctrina político-militar sobre la guerra irregular. Además, su memoria vive en el departamento de Antioquia, donde un gran admirador suyo, don Marco A. Cardona, fundó en 1907 el pueblo de Maceo, distante 147 kilómetros de Medellín, erigido desde 1942 en municipio y hoy con 10.000 habitantes.
Bolivariano fervoroso desde la adolescencia, el general Maceo comenzó el conocimiento del Libertador a través de las lecturas de la biografía de Felipe Larrazábal y después estudió todo lo publicado sobre su vida, sus ideas y sus hazañas. Escribió: «Bolívar se propuso a fuerza de sacrificios hacer la felicidad de la América del Sur y lo consiguió constituyendo cinco repúblicas, que hoy son respetadas por la misma España. ¿Por qué nosotros no podemos hacer lo mismo?» Atesoraba con devoción una daga con empuñadura de oro y plata que tenía grabadas las iniciales «S.B.»: había sido propiedad del Libertador, quien la obsequió a Antonio José de Sucre, quien la regaló al prócer de la independencia colombiana José Escolástico Andrade, quien la cedió al General en Jefe de los Ejércitos de Venezuela, Venancio Pulgar –el Viejo Tigre Zuliano–, quien certificó en 1886 que la reliquia en poder del general Maceo era la de Bolívar.
Estos y muchos otros nexos humanos y políticos hicieron posible que, en la realidad práctica, la proyección política del general Maceo rebasara el Gran Caribe extendiéndose de manera fehaciente hasta los confines de la América Media, alcanzando los Andes y el litoral Pacífico de Centro y Sudamérica. Su noble ascendiente se consolidó de manera categórica en la patria de Santander, como arquetipo y preceptor de la guerra irregular a través del interesantísimo prontuario del guerrillero denominado Código de Maceo.
La amistad política de mayor jerarquía del general Maceo entre los revolucionarios colombianos fue con Uribe Uribe, a quien conoció en San José por medio de su médico personal, el doctor Eduardo Uribe Restrepo. Hermano masón suyo, fue jurisconsulto, orador, militar, polemista, periodista y diplomático –el más intelectual de los caudillos y el más caudillo de los intelectuales–. A los 17 años había recibido el bautismo de fuego en una guerra civil. Estudió derecho, fue profesor universitario y procurador. Coronel efectivo en la revolución radical de 1885, dio muerte por propia mano a uno de sus soldados que incitaba a la insubordinación: encarcelado y juzgado por el gobierno conservador, salió absuelto. Ya como dirigente partidista, en diversas oportunidades visitó Costa Rica donde tuvo muchos amigos –hizo publicar aquí un folleto que circularía clandestino en su país del que solo se salvaron dos ejemplares: el cargamento fue decomisado al llegar a las costas colombianas–. Después de la intentona de 1895, quiso unírsele en Cuba, mas fue hecho prisionero en Colombia y recluido por cinco meses; al tiempo se sintió muy honrado cuando recibió en San José un machete que el general Maceo usaba en la manigua –acero inmortal sin escorias–, que le permitió proclamar en el parlamento de Bogotá: “Tuve la legítima ambición de no dejar ocioso en mi mano el machete de Maceo, sino esgrimirlo por la libertad, a la que lo tuvo acostumbrado el férreo brazo del héroe que tantas veces lo blandió”. Mocionó sin éxito –único liberal entre 60 conservadores–, para dar respaldo moral a la revolución independentista cubana; peroró cinco días en sesiones consecutivas hasta concluir: “En pie caballeros colombianos, en cuyas venas circule sangre de próceres no degenerada; en pie los cumplidores del deber que en sus actos no calculen mezquinamente con sus dedos el cómputo de bienes y de males; en pie todos y aclamemos este voto de simpatía al grito de Viva Cuba Libre”.
La fraternidad revolucionaria de colombianos y cubanos en el exilio costarricense se evidencia en el texto periodístico “Por Colombia”, publicado en el semanario Patria a fines de 1894, postrer retoño de la colaboración intelectual entre el general Maceo y el general Enrique Loynaz del Castillo, quien dirigió aquí el periódico La Prensa Libre.
"Amo a los que nacieron en la patria de Santander. Leales son y generosos. Estrechan la mano al amigo y le dan el corazón. Viven como Garibaldi, para la libertad: con los grandes capitanes fueron por la América creando repúblicas sobre el imperio español: del Orinoco al llano de Junín han caído sus cadáveres como precio de la victoria legendaria. A Honduras fueron y a Nicaragua a 'proclamar los principios liberales sobre las cureñas de los cañones'. Yo debo amarlos, porque en el día de los sublimes sacrificios tuvo mi patria una legión colombiana que en la lucha cruenta, tenaz, desesperada, desde su desembarque de Punta Brava, cercada por numeroso ejército español, supo caer, hombre a hombre, al lado del cubano. El teniente coronel Sierra tendrá algún día en el sitio de su muerte heroica un monumento. Al valor generoso de Rogelio Castillo rodea el cariño fraternal de sus compañeros de armas.
"Y al lado de Cuba están en el peligro los leales hijos de Colombia que en Costa Rica hicieron honrosa guardia junto al lecho del general Maceo. Yo sé el temple de esa alma colombiana en los Uribe, Rosas, Noguera, Pereira, Coronel, Delgado, Peña y Castro, y en Greñas, Morell y Franco, que fueron en San José mis amigos y hermanos en la idea generosa, universal, del liberalismo. Porque les conozco la virtud, les quiero, porque son los hijos de Colombia hoy como ayer: como Vargas Vila y Uribe en el destierro, como Rojas Garrido en la labor incesante y piadosa, como en los días épicos, soldados de Ayacucho".
De los insurrectos colombianos que se hallaban en Costa Rica, varios militaron en las fuerzas emancipadoras cubanas. El general de brigada Adolfo Peña Rodríguez fue colono en La Mansión y se unió a la Expedición Costa Rica-Cuba; llegó a ser jefe del Estado Mayor del general Maceo durante la Campaña de Oriente a comienzos de la guerra de 1895. Otro expedicionario que partió de puerto Limón con el general Maceo fue Isidoro Noriega Asprilla. El general de división José Rogelio Castillo Zúñiga peleó en la Guerra Grande, la Guerra Chiquita y la Guerra de Independencia –llegó en 1869 con 60 colombianos en la expedición del Hornet–. Es célebre la arenga del coronel Gustavo Ortega, Secretario Particular del general Maceo, al salir la Columna Invasora de los mangos de Baraguá: “La Guerra de la Independencia de América, iniciada con los disparos de Lexington, no acabó en la cumbre de Ayacucho: faltaba la libertad de Cuba. Ahora se estremece otra vez la tierra americana con las descargas fulminantes de Peralejo y en los campos aguardan, incendiados por la honra, la llegada de Maceo para entrar en la historia con las resonancias inmortales de Boyacá, de Carabobo y de Junín. Porque Antonio Maceo es ahora el José Antonio Páez de las homéricas cargas, el Aquiles de la moderna epopeya”.
Trato diferenciado amerita el general de división Avelino Rosas Córdoba –a quien el General Maceo sobrenombró el León del Cauca– porque atesoró su doctrina político-militar de la guerra no convencional y propagó en Colombia el Código de Maceo. Natural de Dolores, provincia de Popayán, población que antiguamente recibió el nombre de La Horqueta por ser un lugar de división de caminos y que hoy, en su honor, se denomina Rosas. Llegó al mundo dotado del gen guerrero y del don aventurero: por línea materna estaba emparentado con militares conservadores; su infancia y juventud son motivo de leyenda: se dice que a los 16 años apareció en el Perú enredado en acciones armadas de un golpe palaciego, como también se dice que tres años después estaba en Ecuador cuando el asesinato del presidente Gabriel García Moreno. Lo cierto es que se enroló en el ejército de su país para la rebelión de 1876, participó en las acciones de La Granja, Los Chancos y Manizales y obtuvo el grado de teniente. Se unió a una rebelión liberal en 1879, venció en la acción del Amaine y concurrió a la legislatura reunida en Popayán. En tiempos de paz, abrió un estudio fotográfico en Cali. En la guerra civil de 1885 peleó al lado de los radicales, venció en Paso de Moreno y ascendió al generalato. Involucrado en unas acciones armadas de 1887 en Bogotá, fue aprehendido y desterrado a Venezuela. Se injirió en la “Revolución Legalista” mas, por un quítame allá esas pajas, el gobierno lo encarceló en la ignominiosa Rotonda (panóptico) de Caracas, expulsándolo hacia Centroamérica. En 1892 apareció asilado en Costa Rica donde conoció al general Maceo y su vida cambió: hizo suya y se entregó a la causa de la emancipación cubana, aunque no se embarcó en la Expedición Costa Rica-Cuba. En Curazao recibió una carta del General con instrucciones para organizar una Expedición Colombiana:
"Mi estimado amigo: Saludo atentamente a usted y tengo la satisfacción de informarle que el estado actual en que se encuentra la Revolución no deja nada que desear. No me detendré a darle detalles. En El Cubano Libre, periódico que se publica aquí en el campo de la insurrección y del cual envío a usted los últimos números, hallará el Extracto de Operaciones militares y verá que la Revolución progresa rápidamente, sin que hasta la fecha haya sufrido ningún fracaso de importancia. Estamos listos para hacer frente a los grandes preparativos que hace el Gobierno español. Creemos los insurrectos que pronto el ejército español se verá obligado a capitular y nos alienta, no la esperanza, el firme convencimiento de que a mitad de [1896] el mundo civilizado saludará a la República de Cuba, dueña de sus destinos, pacífica y feliz.
"El señor Gustavo Ortega me ha informado que usted y algunos amigos colombianos desean venir a Cuba a ayudarnos con su contingente personal. Bienvenidos sean todos los patriotas valerosos y dignos. Puede usted dirigirse con sus compañeros a Nueva York, y presentarse al Ciudadano Delegado de la Revolución... a quien tengo el gusto de recomendarlo especialmente... pues creo que los servicios de usted serán de mucha importancia para nosotros. El [Delegado] podrá organizar una expedición, la cual, dirigida personalmente por usted, tendrá por objeto aparente la invasión de Colombia, pudiendo así hacerse a la mar y desembarcar en este país.
"Doy a usted las gracias por la buena voluntad con que ofrece sus servicios a mi patria, le deseo salud y éxito en aquella empresa, y tengo el gusto de ofrecerme aquí como su amigo verdadero y servidor afectísimo".
La carta está fechada en La Canasta, sitio próximo a la Sabana de Baraguá, fechada el 15 de octubre de 1895. El general Maceo añadió una posdata: “Puede usted honrarme comunicándome sus noticias en carta sobrescrita al Sr. Eduardo Whiting, Ingenio del Triunfo, y enviada directamente al Sr. Cónsul de los Estados Unidos en Santiago de Cuba”.
Presto, Rosas se trasladó a los Estados Unidos alistándose para la expedición del Hawkins, que naufragó. Luego se embarcó en la expedición del Bermuda que llegó a Marabí, Baracoa en marzo de 1896. Narra en sus memorias el general Loynaz: “Una bella e imponente ceremonia militar se efectuó el 17 de junio: la presentación al Ejército Libertador del esclarecido patriota colombiano, general Avelino Rosas, cuya cultura y apasionado amor a la causa de Cuba resaltaron en las palabras conmovedoras con que contestó a la arenga del General en Jefe, que señaló cómo la justicia de la causa de Cuba, repercutiendo en América, le atraía de distantes repúblicas hermanas generosos y heroicos paladines”. A la semana fue nombrado Jefe de la Brigada de Infantería del Camagüey, regimientos “Máximo Gómez” y “Jacinto”. Después de la campaña de Camagüey, pasó a Las Villas junto al general Serafín Sánchez Valdivia y estuvo a su lado cuando cayó en combate. Su última responsabilidad en la Guerra de Independencia fue la jefatura de la División de Matanzas. Concluidas las hostilidades, siguió adscrito al General en Jefe; en diciembre de 1898 solicitó permiso para salir de Cuba y retornar a Colombia. El diario El Fígaro dijo en la Habana: “Hijo de Colombia, acudió a prestar su ayuda desinteresada a las armas, habiendo desempeñado mandos de gran importancia. Aparte del valor real de sus excelentes servicios, merece también aplauso por ser parte de los extranjeros venidos a Cuba a la hora de la desgracia, el dolor y el peligro”.
Tras una década de ausencia, Rosas encontró su país convulso, al borde de la sombría confrontación bélica entre liberales y conservadores que pasó a la historia como La Guerra de los Mil Días: costó hasta 130.000 vidas en una población de unos cuatro millones, daños incalculables a la propiedad y la ruina de la economía nacional –también puede atribuírsele la pérdida de Panamá–. El liberalismo representaba los intereses de los cafetaleros y de los comerciantes importadores y exportadores que favorecían una política económica de laissez-faire; excluidos de la participación en el gobierno luego de la victoria nacional-conservadora de 1885, se desesperaron por la caída de los precios del café en el mercado mundial al punto que muchos cafetaleros operaban a pérdida. El gobierno conservador, que padecía la baja de ingresos fiscales por la disminución de aforos aduaneros, se precipitó por el despeñadero de la impresión de papel moneda sin respaldo, lo que condujo a la desastrosa devaluación del peso. En 1895 se produjo un primer estallido que fracasó. La guerra comenzó en octubre 1899 en las zonas cafetaleras: Uribe Uribe era reconocido como cabeza de la facción liberal belicista; al otro lado, el gobierno contaba con 9.000 hombres en armas. La primera fase de siete meses o “guerra de los caballeros” por sus tácticas convencionales, acabó con la derrota liberal en Palonegro, la más larga y sangrienta batalla jamás librada en suelo colombiano. En la segunda fase o “guerra de guerrillas”, la ayuda externa se incrementó y se adoptó, a medias eso sí y sin dirección central, la doctrina revolucionaria de la guerra irregular: la depresión cafetalera empeoró; la destrucción de la propiedad fue inmensa y grande la pérdida de vidas por los ataques y las enfermedades, especialmente en regiones montañosas; los conservadores extremistas se afianzaron en el gobierno; las bases sociales mismas de la vida colombiana estaban amenazadas. La breve etapa final se redujo al norte del istmo de Panamá, casi en la frontera con Costa Rica, hasta la capitulación de Uribe Uribe (Tratado de Neerlandia, 24 de octubre de 1902) por la incapacidad de lanzar una poderosa ofensiva final desde el extranjero, así como por la ausencia de conducción política sobre los grupos guerrilleros dispersos. La violencia cesó cuando a bordo de un buque usamericano de guerra, se firmaron los acuerdos (Tratado del Wisconsin, 21 de noviembre de 1902) que estipulaban liberación de prisioneros políticos, amnistía para los revolucionarios, pago por el gobierno de las deudas liberales en Centroamérica (£16.000), elecciones libres, resolución sobre el futuro del Canal por el Congreso, reforma política y reforma monetaria. La secesión de Panamá se produjo poco después.
Los apoyos del Tratado de los Cuatro –territorio nicaragüense y plata venezolana en apoyo de las revoluciones liberales de Colombia y Ecuador–fueron efectivos y de gran magnitud: más de la mitad de las armas y las municiones de que dispuso el radicalismo se recibieron de Ecuador y Venezuela, países que facilitaron el uso del territorio fronterizo como santuario. El santo patrón de la contienda fue el general Eloy Alfaro –”Su radicalismo y su devoción por el espiritismo lo habían convertido en un liberal sin fronteras”: en Tulcán se organizó una columna de colombianos que penetró al Cauca por Ipiales, envió tropas ecuatorianas a combatir al lado de los irregulares colombianos; de los gobernantes de los Cuatro, “fue quien con más entereza sostuvo su palabra”: Alfaro “pasó a asumir el carácter de un general de las fuerzas liberales” –Apóstol de la Democracia Americana, lo llamó un autor–. Venezuela facilitó buques para que fueran artillados por los colombianos en territorio venezolano; el presidente Cipriano Castro envió una división del ejército bolivariano en apoyo de los combatientes liberales en el Magdalena y la provincia de Padilla –aunque “la ayuda de Castro se movió de acuerdo con el signo positivo o negativo de los resultados militares, y donde, como regla general, el apoyo en armas y dinero tomó el carácter formal de una limosna”–. Centroamérica contribuyó mucho: en Nicaragua, el presidente José Santos Zelaya organizó una expedición hacia Panamá con aportación de 600 rifles Remington, 120.000 cartuchos, un cañón con 150 balas, hombres, dinero y el préstamo de la cañonera Momotombo; el vapor Almirante Padilla que operó en el Pacífico, fue adquirido por medio del presidente Tomás Regalado de El Salvador, con dinero ecuatoriano; y con recursos ecuatorianos también se encargó al presidente José Mª Reina de Guatemala una compra de armas. La solidaridad liberal estaba fincada tanto en ideales políticos como en “un coadyuvante ideológico de primer orden: la masonería, el gnosticismo, el espiritismo, el socialismo y el llamado librepensamiento”; además, determinados asilados colombianos cobraron influencia en ciertos gobiernos: Alirio Díaz Guerra fue Secretario del presidente Crespo, Modesto Garcés fue Consejero del presidente Zelaya y, en Costa Rica, Francisco Serrano fue Secretario del presidente José Joaquín Rodríguez.
III
Rosas se incorporó a la lucha “cubierto de un inconmensurable prestigio militar recién rubricado en Cuba... aureolado por la leyenda de traer un magnífico arsenal”. Mucho más trascendente que las quiméricas armas, fue el aporte de las enseñanzas marciales y políticas aprendidas al lado del general Maceo, su amigo y su maestro, primero en los prolongados coloquios costarricenses, y luego en la experiencia militante de la revolución cubana: fue el propulsor y el instructor de la guerra no convencional, el prosélito que extendió la influencia maceísta por sabanas y cordilleras colombianas. Tras la debacle de Palonegro propuso a la dirigencia liberal sustituir las formaciones regulares de 2.000 y más hombres con 500 columnas guerrilleras de 100 hombres a fin de tumbar el gobierno en poco tiempo. Nunca obtuvo apoyo suficiente pues el conocimiento de los jefes sobre el arte de la guerra era limitado, su preferencia hacia las formas militares ortodoxas era muy marcada no obstante los reveses continuos, a más de que temían perder el control de la lucha por la dispersión del mando entre tanto comandante guerrillero. Un estudioso de aquel conflicto asienta: «Mucha sangre debió correr antes que los jefes liberales llegaran, por ensayo y error, a conclusiones similares». Su plataforma de trabajo era el Código de Maceo, prontuario insurrecto configurado por 32 puntos redactados de manera didáctica y elemental que cubrían algunos aspectos esenciales de la guerrilla, desde la actitud correcta del guerrillero individual, su entrenamiento y su dotación, hasta la organización interna, las tácticas militares y la estrategia del ejército guerrillero en su conjunto. Una Historia Militar de Colombia anota:
"Como los hombres que iban a formar las tropas de la revolución carecían de elementales conocimientos militares, uno de los jefes revolucionarios, el general Avelino Rosas, hizo circular profusamente reglas de mucha importancia sobre el empleo de las fuerzas irregulares, denominadas guerrillas. Estas reglas, cuyo conjunto se llamó Código de Maceo, se le tomaron a un jefe prisionero en combate. Sus enseñanzas son muy valiosas. Si los revolucionarios hubieran observado sus máximas con rigor, seguramente habrían quedado en mejores condiciones de instrucción que los legitimistas, puesto que estos nada sabían de la vida de campaña. En todo caso era una directiva de verdadera instrucción, mucho más útil que aquellos ejercicios de orden cerrado, llevados a cabo en las plazas públicas, los cuales solamente buscaban el aspecto marcial, con el ruido uniforme en los manejos del arma. Pero como muchos combatientes no tenían el hábito de la lectura y menos aun el de la observación, en general no era cosa de la cual se fuese a deducir mucho provecho".
El Código de Maceo se sustentaba en premisas insoslayables: la acción guerrillera es más científica que la carga con bayoneta; quien pelea sin método, desconoce la naturaleza del accionar guerrillero; el guerrillero es el general de sí mismo: no debe morir en cada combate. El prontuario recoge 1] principios estratégicos: hostigamiento prolongado con tácticas sutiles y flexibles para agotar y decimar al adversario, escogimiento y conocimiento íntimo del lugar de las acciones; 2] postulados tácticos: la sorpresa, la emboscada, el asalto súbito y el asedio paciente, así como el afantasmarse en los movimientos; 3] conceptos de inteligencia: confiar solo en el espionaje propio, sistemas de señalización; 4] indicaciones de logística: santuarios de reagrupamiento tras la acción, atención de heridos; 5] recomendaciones prácticas: cuidado del armamento, ejercitamiento continuo, prácticas de tiro; y 6] preceptos morales: incompatibilidad de la guerrilla con el licor y los placeres, no ofender o maltratar nunca a nadie, no rendirse excepto para salvar la vida. La norma de temperancia iba muy contra corriente porque el licor era una constante en la guerra: “Los combatientes luchaban sin ropa, escasos de municiones y a veces sin ellas, o sin haber probado alimento, pero jamás sin que tuvieran a mano una cantimplora o un calambuco con algún licor... desde el brandy hasta el alcohol antiséptico y las lociones perfumadas, pasando por el aguardiente de olla, la chicha y el guarapo”.
La doctrina político-militar del General se refleja en varios principios del Código de Maceo.
• "Nosotros necesitamos tener los mismos fusiles que los españoles, pues de sus municiones tenemos que surtirnos”, explicó a un corresponsal usamericano sobre el uso del fusil Maüsser.
“El más grande enemigo de la guerrilla es la falta de parque, que debe proveer el contrincante”, establece un manual de guerra irregular: hay que “mantenerlo en constante estado de limpieza, bien engrasado, con el cañón reluciente”.
• Sobre su método de acometida, definió: “Solo entramos en grandes combates cuando nos conviene o cuando no hay más remedio. Cuando no, si las tropas operan en columnas numerosas, nosotros nos diseminamos, y en pequeñas partidas los molestamos y entorpecemos sus marchas, congregándonos otra vez cuando nos parece conveniente”.
Es la táctica del “muerde y huye”, según el manual referido: picotea y escabúllete, espera, acecha, vuelve a morder y a huir y así sucesivamente, sin dar descanso al adversario.
• Sobre el ahorro de balas, afirmó: “Cuanto atacamos, nunca hacemos más de dos descargas, tiramos solo para aprovechar el tiro pues nuestra fuerza está en ganar tiempo y no en malgastar las municiones. A veces, soldados que llevan fusil, no llevan ni un solo cartucho para evitar el derroche. Así, nuestras provisiones, escasas y difíciles, duran y nos sostenemos, mientras España se gasta en la lucha”.
El manual dice que otra característica de la guerrilla es el cuidado que hay que tener con el parque y su metodización de gastarlo: “No mojar las balas, repasarlas siempre, contarlas una a una para que no se pierdan... Las balas son la base de la lucha guerrillera... hay que cuidarlas como oro”.
• Sobre el dominio del teatro de la guerra, expuso: “El conocimiento del terreno palmo a palmo es nuestra fuerza”.
“El guerrillero debe tener un conocimiento cabal del terreno que pisa, sus trillos de acceso y escape, posibilidades de maniobrar con rapidez, apoyo del pueblo, naturalmente y lugares donde esconderse”, indica el manual.
• Sobre la destrucción de bienes, comentó: “Se quejan de nuestros procedimientos de guerra, del incendio, de la dinamita... pero eso es la guerra”.
El sabotaje “es otra de las terribles armas de la guerrilla; se pueden paralizar ejércitos enteros, se puede detener la vida industrial de una zona, quedando los habitantes de una ciudad sin luz, sin agua, sin comunicaciones de ninguna clase, sin poder arriesgarse a salir sino a determinadas horas, por una carretera. Si se logra todo esto, la moral de los enemigos va decayendo, va decayendo la moral de sus unidades combatientes y se torna madura la fruta para arrancarla en el momento preciso”, añade el manual.
• En una carta circular, advirtió: “Para evitar que en lo sucesivo al ser invadidas nuestras zonas por el enemigo, sufran las familias que se encuentran en las prefecturas, los destrozos y atropellos que acostumbra allí cometer contra indefensos niños y mujeres, este Cuartel General ha dispuesto que cada Prefecto establezca con los vecinos la más estricta vigilancia en la demarcación a su cargo, colocando guardia en las alturas y cruceros, de manera que dominen los movimientos de cualquier fuerza que intente penetrar en esa zona. Cada una de estas guardias usará un guamo [caracola] para que por medio de un toque avise que la fuerza que se presenta pertenece a la República, y de dos prolongados, al enemigo. Este aviso servirá para que las fuerzas libertadoras que se hallen cerca y lo aperciban se presenten al lugar, a desalojar al enemigo si hubiese penetrado”.
Los criterios del general Maceo provienen de las declaraciones que dio al periodista Hubert Howard, corresponsal del diario Herald de Nueva York, en la Sabana de Baraguá, el 15 de octubre de 1895. El manual guerrillero mencionado es La guerra de guerrillas de Ernesto Guevara, publicado originalmente en 1961.
El Código de Maceo era limitado, su extensión si acaso se aproxima a una vigésima parte de los más conocidos manuales guerrilleros del siglo XX; aun más, su temática estaba restringida a cuestiones mínimas, sin ocuparse de asuntos políticos o temas psicológicos. Su cometido práctico en circunstancias específicas de una guerra estancada si no en retroceso, limitó sus alcances. Sin embargo, sus preceptos eran considerados muy valiosos por el adversario, más útiles en campaña que el entrenamiento proporcionado a los soldados por instructores franceses. Su aprovechamiento fue menguado porque “los jefes de las partidas armadas las más de las veces fluctuaban entre el analfabeta absoluto y el hombre que apenas sí conocía los rudimentos de la lectura y la escritura”. Código parece ser un título asaz anhelante, si bien preciso. Quizá estas normas maceístas para la guerra irregular eran solo el embrión de un tratado cabal, inconcluso aun. Pero resulta innegable que se inscribe en una línea histórica de breviarios guerrilleros de ancestral estirpe, aunque el término mismo de guerrilla fuera entonces un neologismo con apenas 85 años de existencia. En fin, un macizo substrato de solidaridad americana resulta claro en los afanes emancipadores del radicalismo liberal.
Para el estudio del Código de Maceo, he consultado –entre otras– las obras siguientes. Sobre la guerra irregular desde sus orígenes hasta la década de los setentas, Robert B. Asprey, War in the Shadows: The Guerrilla in History, 2 volúmenes, 1975. Mao Tse-tung, On Guerrilla Warfare, 1937. Carleton Beals, Great guerrilla warriors, 1970. Annals of the American Academy of Political and Social Science, volumen 341: Unconventional warfare, 1962.
“En cuanto a los combatientes que vieron en América una extensión de la patria y en los conflictos de sus países razones suficientes para marchar a defender sus ideas, tal vez el caso más destacado es el del general Avelino Rosas”, observa un estudioso colombiano: “Recorrió el continente con la espada en la mano luchando por las ideas que creía justas, sin importarle que la tierra donde lo hacía se llamara Ecuador, Perú, Venezuela, Colombia o Cuba”.
De la manigua, Rosas trasladó a los llanos el perfeccionamiento de la temible técnica del machete: un experto debía conocer 32 lances, diez sencillos con solo el machete y 22 con dos armas que podían ser un par de machetes, garrote y machete, garrote y puñal, o puñal y machete; algunos lances: el uno-dos, barrida, garrotera, combate, engaño, desarme, rodeo, puntelanza, tijera, puñal, relámpago y cambio. Puede adjudicársele asimismo la mejora de ciertas técnicas guerrilleras aplicadas en aquel conflicto, como la adición fugaz de varias columnas guerrilleras para atemorizar al adversario; el mimetismo y la volatización de los combatientes entre las fuerza laboral del campo; la ofensiva permanente, la emboscada y el ataque por sorpresa; el ataque nocturno con arma blanca. La guerrilla era conocida desde siempre en Colombia a resultas de la turbulencia política: en los 80 años de la Independencia a la Guerra de los Mil Días se registraron siete guerras civiles mayores e innumerables brotes de violencia.
En verdad, Rosas “fue despreciado por las fuerzas liberales”: la guerrilla fue un recurso extremo al que acudió el Partido Liberal forzado por sus fracasos con la estrategia y la táctica ortodoxas, abandonaban la guerrilla en favor de la confrontación regular siempre que podían: los jefes liberales “de suyo consideraban la guerra irregular como poco honrosa”. A pesar de todo, fue fiel el apoyo recibido del general Alfaro que le facilitó el territorio ecuatoriano para montar sus campamentos: la suerte se le reviró al subir el general Galo Plaza Gutiérrez a la presidencia en Quito, ferviente opositor al proyecto liberal colombiano según la correspondencia última de Rosas –recuérdese que Plaza Gutiérrez fue Comandante de Plaza en Alajuela–. Tenía Rosas 45 años cumplidos cuando en la localidad de Puerres cometió el último error de su vida militante. En contra de sus convicciones militares, de las enseñanzas que él mismo impartió y de las técnicas guerreras que mejor conocía, comandó 700 rebeldes en una batalla regular contra 3.900 gobiernistas: en un esfuerzo desesperado, procuraba desplazarse con su gente hasta el centro del Cauca. Una bala enemiga le atravesó el fémur, encima de la rodilla izquierda. Capturado, fue llevado a una casucha en las afueras del pueblo: permaneció ocho horas tendido en un camastro, desprovisto de todo auxilio médico. Una vez identificado, desangrándose fue exhibido al público, después lo asesinaron. Un soldado le disparó a quemarropa: la bala terminal penetró por el abdomen, atravesó el tórax y salió por el hombro derecho. Relató un académico: “Conocimos el pesado sable que el general Rosas trajo de Cuba y le fue tomado cuando lo aprehendieron... Conocimos también al hombre que lo [ultimó]... Era un sujeto... montañero de aspecto fuerte y bonachón. En las propias manos de éste vimos ese sable famoso, como la banda roja de seda con que el general Rosas ceñía al cinto su arma”.
La dimensión continental del general Maceo es una faceta trascendente de su esclarecida personalidad política que apenas sí se trasluce en algunas de las numerosas biografías y ensayos de que ha sido objeto. Su peregrinación por las aguas, las islas y los territorios del Gran Caribe, y más allá por espacios que conformaron la Gran Colombia y por países de mayor porte como los Estados Unidos, México y el Perú, enriqueció su perspectiva vital. Así como recogió aquí y allá aspiraciones que incorporó a su idearium, prodigó vitalidad, idealismo y solidaridad al movimiento del radicalismo liberal. En cada uno de los vínculos latinoamericanos que forjó, depositó el anhelo de cosechar a su hora reciprocidad efectiva para la emancipación de Cuba.
IV
Cierro estas palabras ante ustedes con dos testimonios.
El primero es del tres veces Presidente de la República don Ricardo Jiménez Oreamuno, quien en 1942 recordó así al general Maceo:
"Moreno, casi un negro era el famoso general cubano. Tenía un corazón lleno de generosidad y de valor. Yo fui su amigo y tuve ocasión de conversar muchas veces con él. Era culto, gran conversador y hombre amable. De carácter tranquilo, espíritu varonil y absoluta serenidad.
"Dos pleitos tuvo durante su estada en Costa Rica: uno con don Enrique Guzmán, el famoso Moro Musa, el gran periodista nicaragüense. Y el otro, con otro intelectual, el doctor Antonio Zambrana, que tan grata memoria dejó en el país. Con este fue porque al final don Antonio se inclinó por aceptar para Cuba la autonomía, como lo deseaba el gran Partido Cubano. La declaración pública de su nuevo credo la hizo el doctor Zambrana con ocasión de un cumpleaños de la Reina Regente en que hubo algún acto y el doctor pronunció uno de sus brillantes discursos. Maceo, que le tenía dado el poder general, se lo retiró, y hasta dicen que le envió una prenda femenina, diciéndole que se la enviaba para que la usara en su nuevo estado.
"De otra cosa del general Maceo me acuerdo. De su conciencia de patriota. Don Rafael Iglesias, con quien el general Maceo se sentía muy obligado, le ofreció en cierta ocasión un lugar en el ejército. Maceo no titubeó para contestar que no desenvainaría su espada sino por una causa: la libertad de su patria. Y cuando tuvo un choque con alguna otra persona aquí, choque que no tenía causa que obligara a nada, y fue desafiado, contestó que no se batía, porque su deber era conservar su vida para dársela a quien se la había prometido: a Cuba.
"En Guanacaste fundó La Mansión, que se llamó por algún tiempo Colonia Cubana. Y creo que aún quedan por allá algunos descendientes de aquellos cubanos que ya son costarricenses. En Costa Rica han encontrado refugio fundadores de otra nación y entiendo que de aquí el propio general Maceo llevó armas para proseguir su lucha libertaria cuando regresó a Cuba".
El segundo testimonio es de José Martí, quien visitó aquí dos veces al general Maceo. En el periódico revolucionario Patria, que él editaba en Nueva York, publicó Martí en octubre de 1893 el ensayo titulado “Antonio Maceo”.
"En Nicoya vive ahora, sitio real antes de que la conquista helase la vida ingenua de América, el cubano que no tuvo rival en defender, con el brazo y el respeto, la ley de su república. Calla el hombre útil, como el cañón sobre los muros, mientras la idea incendiada no lo carga de justicia y muerte. Va al paso por los caseríos de su colonia con el jinete astuto, el caballo que un día, de los dos cascos de atrás, se echó de un salto, revoleando el acero, en medio de las bayonetas enemigas.
"Escudriñan hoy pecadillos de colonos y quejas de vecindad, los ojos límpidos que de una paseada se bebían un campamento. De vez en cuando sonríe, y es que ve venir la guerra. Le aviva al animal el trote, pero pronto le acude a la brida, para oír la hora verdadera, para castigarle a la sangre la mocedad. La lluvia le cae encima, y el sol fuerte, sin que le desvíen el pensamiento silencioso, ni la jovial sonrisa; y sobre la montura, como en el banquete que le dieron un día al aire libre, huirán todos, si se empieza a cerrar el cielo, mientras él mirará de frente a la tempestad. Todo se puede hacer. Todo se hará a su hora...
"Mientras tanto, se trabaja en la colonia un mes, y se está por San José una semana, de levita cruzada, pantalón claro y sombrero hongo. En el marco formidable cabe un gran corazón. Jamás parece que aquel hombre pueda, con su serena pujanza, afligir u ofender, por sobra de hecho o parcialidad de juicio, la patria a quien ama de modo que cuando habla, a solas con el juramento, de la realidad de ella, del fuego que arde en ella, la alegría le ilumina los ojos, y se le anuda en la garganta el regocijo: está delante el campamento, y los caballos galopando, y se ven claros los caminos. Es júbilo de novio.
"Y hay que poner asunto a lo que dice, porque Maceo tiene en la mente tanta fuerza como en el brazo. No hallaría el entusiasmo pueril asidero en su sagaz experiencia. Firme es su pensamiento y armonioso, como las líneas de su cráneo. Su palabra es sedosa, como la de la energía constante, y de una elegancia artística que le viene de su esmerado ajuste con la idea cauta y sobria. No se vende por cierto su palabra, que es notable de veras, y rodea cuidadosa el asunto, mientras no esté en razón, o insinúa, como quien vuelve de largo viaje, todos los escollos o entradas de él. No deja frase rota, ni usa voz impura, ni vacila cuando lo parece, sino que tantea su tema o su hombre. Ni hincha la palabra nunca ni la deja de la rienda. Pero se pone un día el sol, y amanece el otro, y el primer fulgor da, por la ventana que mira al campo de Marte, sobre el guerrero que no durmió en toda la noche buscándole caminos a la patria. Su columna será él, jamás puñal suyo. Con el pensamiento le servirá, más aún que con el valor. Le son naturales el vigor y la grandeza. El sol, después de aquella noche, entraba a raudales por la ventana".
Muchas gracias.