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Ante el busto del Fundador de la República
Septiembre 2, 2006 05:27 AM


La celebración del Día de la Libertad de Expresión, por vez primera según ley de la República, se realiza en el aniversario del nacimiento del benemérito Dr. José Mª Castro Madriz, reconocido desde el siglo XIX como «campeón de la garantía de la emisión del pensamiento» por el Dr. Pedro Mª de León-Páez y desde comienzos del siglo XX como «fundador de la libertad de imprenta en Costa Rica» por el Dr. Antonio Zambrana.

¿Qué es la libertad de expresión? Es la pizca divina en la persona. Dios creo al humano a su imagen y semejanza, que consisten en la capacidad de raciocinio, el libre albedrío y el dominio de la palabra. Entre todas las criaturas de la Tierra, la persona tiene la mayor potencialidad de expresión. Es, por tanto, un derecho ingénito.

Hace 29 años, en este mismo lugar, la Junta Directiva del Colegio de Periodistas –integrada por doña Marta Núñez, don Wilfredo Chacón, don Álvaro Madrigal, los recordados don Mauro Fernández y don Rafael Ángel Ramírez, don Marco Aurelio Salazar, don Enrique Villalobos, y quien les habla– inició la tradición de esta fiesta liberal por excelencia. Colaboró en aquella ocasión la corporación municipal capitalina, representada por don Edgar Saborío.

La Administración Monge acogió la tradición y emitió el decreto n.° 14.803 del 25 de agosto de 1983: «Declárase el primero de setiembre de cada año, natalicio del Dr. José Ma Castro Madriz, Día de la Libertad de Expresión». El Presidente de la República impuso la Medalla de Honor a la Libertad de Expresión al patriarca de los periodistas don Alberto F. Cañas (1983), al recordado presidente del Poder Judicial don Fernando Coto Albán (1984) y al heroico periodista don Carlos Vargas Gené (1985) herido en Santa Rosa durante la invasión de 1955 y en el atentado de La Penca en 1984.

En 2002, la diputada ramonense doña Lilliana Salas Salazar hizo suya la tradición y presentó la iniciativa de ley a la Asamblea Legislativa. «La información y la comunicación son un elemento esencial de nuestro sistema de vida en libertad», escribió en la exposición de motivos. «Pretendo convocar al pueblo a meditar, al menos un día al año, sobre el valor de la libertad de expresión. El Doctor Castro Madriz predicó, con la palabra y con la acción, su trascendencia en la forja de la democracia costarricense, por lo que el aniversario del natalicio del prócer es ideal para recordar al Padre de nuestra Libertad de Expresión».

La celebración de 2006 es un deleite y es un desafío.

Nacido en San José el 1° de setiembre de 1818, don José Mª se doctoró en Derecho y en Filosofía por la Universidad de San Ramón Nonato, León, Nicaragua. Ministro General en el gobierno de don José Mª Alfaro, logró la creación del semanario Mentor Costarricense. Sustentó el establecimiento de la publicación estatal en esta certeza: «La opinión pública, que debe ser el oráculo de un gobierno libre y popular, no puede conocerse bien si no es expresándose bajo los auspicios de la augusta libertad de prensa». Según el libro de 1943 titulado Cien años de libertad de prensa en Costa Rica, del autor Antonio Zelaya –conocido por los diaristas como El Yunque Zelaya–, con este órgano de difusión del conocimiento «se inicia el periodismo activo» del país. Luego, el Dr. Castro Madriz fue Jefe de Estado, Fundador de la República, dos veces Presidente de la República, rector de la Universidad de Santo Tomás por 16 años en periodos distintos, presidente del Poder Judicial, diputado y presidente de una Asamblea Constituyente, ministro de Estado diversas ocasiones, en una fructífera existencia de servicio público que se prolongó hasta 1892.

Conviene precisar determinadas características de la libertad fundamental que el Dr. Castro Madriz llamó «augusta libertad de prensa». La libertad de pensamiento es universal. La libertad de expresión es universal. La libre circulación de las ideas es universal. El derecho a la información es universal. En cambio, la libertad de prensa, cuyo efecto benéfico debe ser universal, ha devenido principalmente en libertad de empresas dedicadas al comercio de la información –el negocio de vender palabras a los lectores y de vender los lectores a los anunciantes–. Pero en el siglo XXI, las tecnologías digitales permiten a la persona ascender de receptora pasiva, a receptora y emisora activa. Buscar, recibir y difundir informaciones e ideas de toda índole es una posibilidad universal en la era de la Internet. Por ello, se requiere la adopción del moderno derecho a la comunicación, que recoge y amplía normativas anteriores en cuatro dimensiones: derecho a elegir, derecho a accesar, derecho a participar, y derecho a la privacidad.

A 163 años de aquel enunciado de política pública, hay vacíos que enervan la libertad de expresión. La contrapartida de la libertad es la responsabilidad, aunque la segunda esté menos sistematizada. La censura previa carece de regulación. La garantía del artículo 46 constitucional sobre «información adecuada y veraz», necesita ser desarrollada en la legislación positiva como dos facetas de un mismo deber: el equilibrio y la imparcialidad de órganos informativos y sus profesionales; el periodismo obligado a la veracidad y el periodista comprometido con la verdad. El imperativo ético antes que la obligación legal.

En épocas de transición, cuando la sociedad se parte en dos bandos casi parejos, la libertad de expresión cobra mayor pertinencia social. La ciudadanía organizada constituye el contrapeso de la opinión pública, de influencia formidable en las decisiones atañederas al destino nacional. La libertad de expresión se ejerce no solo a través de las empresas de información o de la Internet, sino también por medio de reuniones públicas y de manifestaciones tan enérgicas cuanto pacíficas. La celosa vigilancia y la defensa cívica de los intereses comunes suelen desbordarse en Costa Rica a parques, plazas y calles como en la epopeya del civismo de 1889; las manifestaciones de educadores y estudiantes en 1919 contra la tiranía; las marchas nacionalistas de la Liga Cívica en 1928; la resistencia estudiantil de 1943 en aras de la pureza electoral; la huelga de brazos caídos de los empresarios o el desfile silencioso de las mujeres en 1947; la protesta estudiantil de ALCOA en 1970; o el combo eléctrico y de telecomunicaciones en 2000. La malmirada «democracia de la calle» es legítimo recurso a la libertad de expresión, así en París como en Santiago, en México como en Washington, capitales en las que se respeta a la ciudadanía y no hay quien se atreva a sindicarla de sedición contra el orden constitucional. La República nos pertenece a todos por igual, no solo a los políticos de turno, ¡adió!

Oportuno es dar una palabra sobre la relación de colaboración y de conflicto entre los periodistas como profesionales de la información y los políticos como asalariados temporáneos del Pueblo Soberano. Don Miguel de Unanumo dijo que la opinión pública ganaría mucho si se divulgara al menos el 10% de lo que se comenta en las salas de redacción. Ahora, algunos quisieran hacer creer que el contacto privilegiado con las personas, son los hosannas, las adulaciones y la chirraca que se quema a los gobernantes de turno. Según una peregrina teoría criolla, hay periodistas que viven en Marte. Si fuere cierto, ¿no hay políticos achacosos que subsisten en Plutón, el otrora planeta degradado a pedazo de roca oscura, glacial y distante? El respeto inspira respeto, el irrespeto, irreverencia.

Compárense los exabruptos en boga con esta lección del Dr. Castro Madriz, al cabo de su segundo periodo constitucional. Los incisivos diaristas de El Travieso, que así se llamaba el periódico, traían al Presidente de la República de trompo de ñiques. En 1868, los paniaguados que pululan en palacio le aconsejaron clausurarlo. Respondió don José Mª: «Creo que la expresión de la verdad, aun la más amarga, conviene al gobernante que como yo, tiene el valor de abdicar ante ella sus errores… Primero y ante todo la nación, y primero el derecho de los ciudadanos [antes] que lo que pudiera convenirme a mi en esta jefatura transitoria…» O tempora, o mores – oh tiempos, oh costumbres.

Cuando se publicita una sola opinión, la política decae. El pensamiento crítico vivifica. Sin la fecunda diversidad, la democracia languidece. Los sistemas políticos periclitan al excluirse las opiniones contrastantes en el debate público, porque todo error proviene de la exclusión. En política, lo que resiste, apoya. Dijo el Dr. Castro Madriz: «La civilización del siglo ha definido la libertad política, elevándola a dogma de paz y de ventura. Como tal la conozco y sabré acatarla y sostenerla». ¡Ay de la democracia que caiga víctima de la intolerancia! El monopolio de la verdad es mentira.

En el alba del milenio nuevo, la madre de las libertades cobra nuevos significados y alcances más altos en la Sociedad de la Información y el Conocimiento, consistente en la promoción planificada de la infocomunicación como fundamento de toda organización social. Los principios permanecen, las formulaciones evolucionan.

Infinitamente más que cuando el Mentor Costarricense comenzaba o El Travieso acosaba al Dr. Castro Madriz, el centro de la vida democrática es hoy mediático. Los políticos migraron de la política grande a la pantalla chica, el poder derivó del pensamiento al videopoder o telecracia: gobernar devino en una emoción televisiva. Político que no aparece en televisión, virtualmente deja de existir –aunque en política nadie esté totalmente muerto, ni completamente vivo–. Sin embargo, el ciudadano desconcertado es el titular por antonomasia de las libertades constitucionales de pensamiento, expresión, circulación de ideas y derecho a la información.

La democracia de los ciudadanos demanda, en la hora actual, construir ciudadanías comunicativas y ciudadanías digitales.

La ciudadanía comunicativa es el reconocimiento y ejercicio de los derechos a la información y la comunicación consagrados jurídicamente y la búsqueda de su ampliación. Conciencia y práctica, es condición necesaria para revertir, mediante la participación de las personas en la esfera pública, los crecientes niveles de exclusión socioeconómica existentes y la consecuente inequidad galopante, así como para consolidar el sistema democrático.

La ciudadanía digital incluye normas, derechos, obligaciones y modos de comportamiento concernientes al uso de las tecnologías de información y los problemas del uso, mal uso y abuso de ellas: cada vez más, un ciudadano activo y participativo será un internauta crítico en un espacio de interacción comunicacional signado por la tecnología.

La niñez y la juventud requieren formación en materia de comunicación social, sobre todo en la utilización de la tecnología de información y el vínculo virtuoso entre libertad de expresión y vida en democracia. Maestros y profesores necesitan instrumentos pedagógicos idóneos para aprender y enseñar la práctica de la libertad de expresión en el nuevo entorno cambiante. Educar es la forma suprema y más noble del comunicar. Esta tarea formativa es uno de los enaltecidos propósitos del recién creado Observatorio de la Libertad de Expresión, auspiciado por el Colegio de Abogados, el Colegio de Periodistas, el Colegio de Politólogos y la Facultad de Derecho de la Universidad de Costa Rica.

Sin libertad de expresión, la democracia es una quimera. Cada persona tiene la irrenunciable responsabilidad de conocer, cultivar y defender sus derechos y sus deberes ciudadanos. Libertad que no se ejerce se herrumbra y descochera.

Agradecidos por las ejecutorias del Fundador de la República quien ofició para civilizar, los costarricenses de hogaño debemos bregar por el ensanche de las libertades fundamentales y, en primerísimo lugar, por el engrandecimiento de la madre de todas las libertades. El pensamiento de nuestro Padre de la Libertad de Expresión sigue vigente: «Creo que toda discusión ordenada y comedida ilustra… Somos, antes que mandatarios, educadores de un pueblo… cuyo espíritu debemos fortalecer, adiestrándolo en el ejercicio amplio de sus capacidades sociales». Que el paradigma del Dr. Castro Madriz nos ilumine hoy y siempre.