Palabras en el 3er acto conmemorativo del Casal Català del centenario del nacimiento de D. José Figueres Ferrer, Biblioteca Nacional, 28 de setiembre de 2006.
En una espléndida tarde de sol radiante, se encuentran en el cielo los bienaventurados José Figueres Ferrer, el personaje del siglo XX, y Juan Rafael Mora, el protagonista del siglo XIX. Don Pepe, así aquilatado desde 1993 en mi libro El siglo de Figueres; el Presidente Mora, así ponderado desde 1975 por don José Marín Cañas en su introducción a una selección de textos de Manuel Argüello Mora.
Sorprende la estatura casi pareja de los patricios, más fornido el decimonónico y de mirada aquilina el vigesémico. Ambos calzan botines de tacón doble, con camisa ancha de franela a cuadros el uno y el otro con holgada chaqueta cartaga. El mayor se apoya en un cayado de abedul y el menor lleva un bastón con empuñadura de marfil. A la distancia se percibe como un aire del ser costarricense en sendos próceres meseteños y cafetócratas, con marcado talante de mando los dos.
Acaba de pasar un chaparrón, contemplan la patria a través de un arcoiris y, en silla poltrona uno y el otro en mecedora de mimbre, conversan.
—Don Juan Rafael, que lindo juntarnos lejos del mundanal ruido, eso si apasionados siempre por el destino de Costa Rica.
—Si don Pepe. La eternidad es otra cosa porque aquí estamos liberados del tiempo y del espacio. Pero ni en la misma gloria puede olvidarse el terruño arraigado en el alma. ¿Qué le parece si nos tratamos como allá…?
—Es que a usted lo retengo por el retrato, don Juanito... Lo encuentro casi igualitico, como de 50 años; en cambio yo acabé viejo y achacoso. A mí me gustaba narrar que cuando Tatica Dios creó el mundo, se sorprendió cuando unos ángeles le llegaron a decir que un puñitico de gente quedó olvidado en la repartición de dominios, por lo que decidió darles un pedacito de cielo por tierra. Ese es nuestro país.
—Si no fuera cierto, don Pepe, el cuento es bonito y hasta puede ser presumible. Vea esta cuestión: usted apareció en el escenario nacional en el año 48 y yo resulté elegido Presidente de la República en el año 49. ¿Será que el personaje del siglo XXI costarricense, hombre o mujer, esté de teta apenas?
—Ay, si los de allá tuvieran la perspectiva nuestra… Usted y yo, don Juanito, ganamos guerras sin ser militares. Durante una cumbre centroamericana, mis cuatro colegas se presentaron con uniforme de gala y este servidor en guayabera blanca. Eran generalotes de espada virgen. Viera qué chirote.
—Pues a mí me tocó levantar un ejército de diez mil hombres. Pero logramos sacar a los filibusteros y marcarle la raya en Santa Rosa al expansionismo del destino manifiesto. Además, nos hermanamos con Hispanoamérica y nos abrimos al mundo. Aunque todavía a algunos no les pasa aquella hombrada.
—Ya ve, don Juanito, cuando ganamos la guerra civil, a mí, en cambio, me correspondió disolver el ejército como institución permanente. Con la proclamación de la neutralidad, eso trajo el reconocimiento del derecho a la paz y hasta una distinción mundial se le otorgó al pueblo costarricense. Porque así es la cosa, se le puede marcar el rumbo pero las hazañas siempre son del pueblo que es sabio aunque quieran verlo con máscara de zopenco.
—Don Pepe, hay otra vaina que me llama la atención. Usted era agricultor, muy leído y muy curioso. Yo también fui agricultor y comerciante, viajado si pero menos estudiado. Autodidactas los dos. Como que para gobernar se necesita conocer bien el país y mejor el talante del pueblo. Ojalá que los títulos ayudaran algo... pero acharita que el sentido común escaseé tanto.
—Es que, don Juanito, ¡hay cada carajito universitario…! Centroamérica les queda chiquitica para el tamaño de su ego. Pero usted no fue dejado en eso de la educación porque decretó la obligatoriedad de la escuela primaria universal. Claro, sus adversarios se alzaron con el mérito porque la zamparon en la constitución a los diez años.
—Por aseo espiritual, borré la memoria de los que me combatieron y terminaron por asesinarme en Puntarenas. Y vea usted, en vez de eclipsarme, me eternizaron. Además, fui católico practicante hasta el último suspiro y aprendí a perdonar a quienes me ofendieron.
El diálogo se adereza con un humeante café negro recién chorreado: uno lo toma, a dos manos, en taza de vidrio ahumado, el otro a sorbos, en jarro grande de peltre azul; uno le pone una pizca de sal para bajarle la acidez, el otro lo carga de azúcares. Les sirven unos bizcochos acabados de hornear, que uno apenas mira de reojo y el otro disfruta con fruición, embebiéndolos en el néctar azabache, hasta que se esponjan para ser cuchareados.
—Bueno, y cómo mira aquello, don Juanito.
—A mí no me importan los tiquismiquis, solo los cambios de larga duración. Veo que Moracia, llamada Guanacaste otra vez, es región principal del desarrollo. ¿Quién lo hubiera soñado cuando sopapeamos a los filibusteros en Santa Rosa?
—Diay, como que están de vuelta. La hija del maestro Dengo dice que un ejército invisible viene invadiéndolos desde hace veinticinco años: piensan en inglés aunque hablan español. Andan todos divididos porque les quieren encajar un tratado que, para un sector respetable de ciudadanos, es la renuncia a la soberanía.
—Son como las cascabeles que suenan desde lejos… Me los conozco como la palma de la mano, porque los filibusteros siempre tuvieron un partido anexionista en San José. Lo advertí en 1857, “Compatriotas: vigilemos que otro Walker no venga a esclavizarnos”. Un pueblo dividido es débil y tienta a los codiciosos, los ciudadanos coaligados en una causa común hacen un pueblo inexpugnable.
—Si viera la tristeza que da que en nombre de uno destruyan la obra que uno trabajó por heredar a la nación. Íbamos bien porque de 1950 al 2000, fíjese que cuadruplicamos el ingreso per cápita, en una región donde a duras penas se duplicó. Profanan la socialdemocracia cuando dicen profesarla, son socialpaganos, gente de escasas letras y muchos números. Y de feria, los socialdemócratas de veras andan desconectados, desorganizados, desparramados.
—Mire, eso de etiquetas no va conmigo. Procuré gobernar con pragmatismo, como dicen ahora, no con ideologías. Para mí, verdadero es lo eficaz, si tiene valor para la vida. También preferí conciliar doctrinas de varios sistemas, huyéndole a las soluciones extremas. Examiné todas las posibilidades y retuve solo lo bueno. Hay que evolucionar siempre.
—No qué va, si la ideología es como una jáquima mental para los tontos que no pueden pensar con cabeza propia. Mi norte fue “el bienestar del mayor número”.
—A mí con que me reconocieran como costarricense y como hispanoamericano, me bastó. Los sentidos de mi administración fueron libertad, justicia y progreso, junto con el fortalecimiento de la nacionalidad.
—Y pensar, don Juanito, que los pueblos pobres son los corderillos en el altar de la libre competencia.
—Qué cierto, don Pepe. Usted habla muy galán.
—Y usted no se queda atrás, don Juanito. Sus proclamas se leen como verdades inmarcesibles.
— ¿Y que quiere decir inmarcesibles?
—No se haga don Juanito…, que no se marchitan como las flores.
—Bueno, es que a mí me tocaron las duras. Tuve que hablar fuerte y claro, para martillar las conciencias.
—Son los problemas constantes, las relaciones de vecindad con Nicaragua y los nexos con Estados Unidos.
—Pues decidí hacer la guerra para que no nos esclavizaran primero y nos exterminaran después, como se hizo con los aborígenes. Aquello fue un choque de civilizaciones, como dicen los autores. La defensa del país comenzaba más allá del San Juan, el Sapoá y el río La Flor.
—Convivir con determinados factores de poder de Estados Unidos es muy complejo. Dígamelo a mí que dos veces contraje nupcias con damas americanas, quienes me ayudaron mucho a comprender mejor la American way of life. Pero ni teniendo escuela en mi propia casa pude entenderles suficiente su política y menos convencerlos de ser socios en nuestro desarrollo. Esos machos son tercos de nacencia, como decía un peón de mi finca Lucha sin fin.
—Qué curioso, don Pepe. Usted, al igual que yo, fue empresario de toda una vida y solo por responsabilidad cívica nos dedicamos a la conducción política. No sé a usted, pero a mí me fue como un quebrado. Entré rico al gobierno y salí maltrecho.
—El entrepreneur tiene otra forma de mirar las cosas. Y no me pregunte don Juanito qué quiere decir esa palabra, porque usted fue un empresario de casta. Por meterme a la política, mis empresas se desmejoraron mucho.
—Hay quienes llevan 150 años revolcando papeles y todavía no hallan uno solo para sindicarme de actos ilícitos, porque siempre anduve dentro de la constitución y de la ley.
—Mejor pasemos a otro tema porque es fácil majar callos. Allá y ahora, la gente tiene la sensibilidad a flor de piel.
—Le tengo dos reclamos, don Pepe.
—Ah carastos, ya me extrañaba…
— ¿Por qué permitió que destruyeran el Palacio Nacional? ¿Y por qué no celebró bien solemne el centenario de la Guerra Nacional?
—Vea don Juanito, reconozco que todavía en los años cincuenta no apreciábamos el patrimonio arquitectónico y estimábamos poco el patrimonio histórico. Es fácil juzgar mirando hacia atrás: si las cosas pudieran hacerse dos veces, si la historia fuera como el drama, donde cada acto se ensaya varias veces, todos seriamos mejores actores.
—Puramente. A muchos les cuesta creer que gobernar es una selección diaria del menor entre varios males.
—Y usted, dígame una cosa, don Juanito, ¿por qué después de la victoria de Rivas, el Ejército Expedicionario no persiguió a los filibusteros hasta aniquilarlos?
— ¡Qué buena pregunta! La batalla dilató 20 horas y hubo muchos muertos en ambos lados, fueron centenares las víctimas. Antes de escabullirse en la madrugada, Walker –que era médico y sabía bien el mal que hacía– echó los cadáveres de sus filibusteros en los pozos y envenenó el agua que íbamos a beber. A la jornada siguiente, muchos soldados enfermaron de pringapié y a poco apareció el cólera asiático que mató a mis primeros muchachos dos días después. Aquella peste sembró el terror en toda la población.
— ¡Púchica pisuicas más bastardo! Quiere decir que el terrorista Walker recurrió a la guerra bacteriológica contra Costa Rica, mucho antes de que se acuñara la expresión. Entonces ese lunático fue el que desató la peor catástrofe sanitaria y demográfica del país. Cuesta imaginarlo: más de la mitad de la gente contagiada y muerto el diez por ciento. Se me sube el catalán de solo recordar ese crimen imperdonable.
— ¿Y a mí… que los intrigantes hasta me echaron la responsabilidad por la pestilencia y la mortandad? ¿Cómo fue que dijo usted, que si pudiéramos ensayar nuestros actos…? Fíjese que unos científicos costarricenses descubrieron a los 130 años, que la bacteria del cólera se elimina con solo tomar jugo de limón o de frutas ácidas como el cas o el tamarindo. De haberlo sabido entonces…
—Es que la humanidad avanza de noche y a tientas, mientras la luz solo alumbra el camino ya pasado.
—Caray, don Pepe, otra verdad bien dicha. Para verdades, el tiempo…
—Sin embargo, algo pasa en Costa Rica porque desoyen las lecciones de esa madre y maestra que es la historia.
—Uno de los intelectuales que me ayudó en el gobierno –no preciso si el francés Marie o el hispano Segura, o tal vez alguno de los chapines Montúfar o Toledo– repetía a diario a don Miguel de Cervantes: “Los hombres prudentes deben juzgar los eventos del futuro por lo que ha sucedido en el presente”.
—Eso no es del Quijote, si bien recuerdo es de Los Trabajos de Persiles y Segismunda, menos conocido pero fascinante, examina diferencias culturales y sexuales. ¿Pero cómo van a esclarecer el porvenir nuestros compatriotas con referencia a usted, si todavía no se ha publicado una biografía suya don Juanito, ni una selección de sus discursos y escritos, o un estudio serio de la década morista?
—Quién quita y tal vez para los ciento cincuenta años del crimen. A usted en eso le ha ido mejor…
—Ni tanto, porque agarran el nombre de uno en vano, hacen lo que les da la gana, me llevan la contraria y se zurrean en los más vulnerables… A mí no me desilusionaron el país ni el pueblo, como si los supuestos herederos. Hasta desprecios tuve que recibir.
—Vea don Pepe, esta primera conversación es poca para tanto que podemos repasar. Me gustaría comparar notas sobre su nacionalización bancaria y mi Banco Nacional de Costa Rica; el teatro Mora y las bandas municipales con el ministerio de Cultura que usted fundó; mi Protomedicato y la seguridad social de su época; la reforma universitaria que me interrumpió la guerra…
—Ah no, esa sería una conversación de nunca acabar. Si solo platicáramos de caficultura, tendríamos para rato. Ni qué hablar de los que ahora tienen en venta la República… A lo mejor deberíamos convidar al coloquio a don Braulio y a don Ricardo, quien casi llega al ideal del rey filósofo…
— ¿Y por qué no a don Tomás Guardia que comenzó a restablecer mi memoria, cuando sacó del poder a los cafetaleros del Banco Anglo? Pero deberíamos reunirnos no solo para tertuliar sobre política sino también para reír juntos, don Pepe, para contarnos anécdotas y hasta confesarnos errores y pecadillos…
Porque nuestros Padres Fundadores fueron humanos, demasiado humanos. Quisieron algunas veces lo que no debían desear; pero ¿qué no le perdonará un hijo a su señor padre? Como aconseja Martí, debemos perdonar sus errores, porque el bien que hicieron fue más que sus faltas. Las personas no pueden ser más perfectas que el sol. El sol quema con la misma luz con que calienta. El sol tiene manchas. Los desagradecidos no hablan más que de las manchas. Los agradecidos hablan de la luz.
Los beneméritos don José Figueres Ferrer y don Juan Rafael Mora, generales y estadistas ambos, encarnan a miles de costarricenses, a un pueblo entero, a la dignidad humana. Más que hombres, fueron constructores de la patria. Los dos son sagrados.