Artículos más recientes

En busca del Doctor Zambrana
Nuestros Padres Fundadores
Latinoamericanidad de Figueres
El siglo de Figueres
Ante el busto del Fundador de la República
Hacia una Estrategia Nacional contra la Corrupción
Tres reportes sobre telecomunicaciones
La guerra no declarada
El Registro y el Correo
El "Código de Maceo"
Maceo une a Cuba y Costa Rica
El Día de la Libertad de Expresión
Benemérito ciudadano de oro
¿Es el costarricense un pueblo con voto pero sin voz?
Walker pervive, Mora periclita
"Seguridad alimentaria", nuevo libro de don José Calvo
¿Cuántos a favor y quiénes en contra?
La parte y el todo
La forja de una visión estratégica nacional
Aumento salarial y voltereta indecorosa


En busca del Doctor Zambrana
Noviembre 3, 2006 03:38 AM


El martes 7 de noviembre a las 18h30, se presenta en el Colegio de Abogados el libro El Doctor Zambrana: Padre y Maestro de la Democracia Republicana Costarricense (1846-1922), del autor Armando Vargas Araya, publicado por la EUNED. Los comentaristas son la Dra. Marina Volio Brenes, el Dr. Walter Antillón Montealegre y el Lic. Carlos Arguedas Ramírez. La entrada es libre, previa confirmación por el correo electrónico gfallas@abogados.or.cr o el teléfono 202 3669 con la Srta. Grettel Fallas. El texto siguiente es la Introducción de la obra.


Los valores, las instituciones y las formas del sistema democrático de vida en libertad escogidos para completar y cimentar la república, fueron fertilizados y desarrollados en gran medida por el abogado, filósofo y periodista habanero Antonio Zambrana Vázquez. Fue maestro por excelencia de la ideología democrática y padre espiritual de la Generación del 89 o Generación del Olimpo, la cual guió al país durante la época dorada del liberalismo en la Primera República. Fue uno de los profetas laicos que sembraron en el subconsciente colectivo e implantaron en la mentalidad política el embrión del Estado Social de Derecho, levantado en la era próspera del socialcristianismo y la socialdemocracia o Segunda República. Le cupo el honor histórico de contribuir al proceso de maduración racional de la simiente democrática introducida por la constitución de Cádiz de 1812 y al perfeccionamiento de la opción republicana decidida en la batalla de Ochomogo en 1823, adelantadas ambas por estadistas como don Juan Mora Fernández, don José Mª Castro Madriz y don Juan Rafael Mora Porras. Su asombrosa influencia benéfica se proyectó determinante en un horizonte de cien años y todavía hoy pervive, aunque el olvido inexcusable de su otra matria sobrepase las ocho décadas.

Treinta años iba a cumplir cuando inició su ministerio único en la Costa Rica del general don Tomás Guardia y su Revolución Liberal Positivista, que afianzó el Orden Cafetalero. Arribó procedente de Chile, tras visitar la Unión Americana, el Reino Unido y la Francia eternal. Venía bañado de fama por su pensamiento, su elocuencia y su pluma, así como por sus logros emancipadores en la Revolución Cespedista, de los cuales descuellan la abolición de la esclavitud en el Camagüey y la redacción de la primera constitución cubana en Guáimaro. Se avecindó aquí en dos etapas que ocuparon el resto mejor de su vida productiva, durante un sexenio radical primero y luego una veintena reformista, años en los cuales su raciocinio floreció y culminó una jornada espiritual del agnosticismo a un cierto misticismo secular («vino a crear la primera vez ateos, a fundar la segunda vez ateneos»). Apasionado intelectual, fue el auténtico maître à penser de aquel San José helenístico en el crepúsculo del XIX y el clarear del XX: hermeneuta de lo real y exégeta de lo instituido, deslindó el sentido del sentimiento de lo bello y lo sublime; hombre moderno, volcado siempre al futuro, fue arúspice y heraldo de un proyecto de patria magnífica; eficaz didáskalos y magister fecundo, ofrecía, descubría y suscitaba ideas y vivencias por medio de la mayéutica.

Sedujo a los estudiantes con su verbo perspicaz, visión planetaria y perspectiva de gran aliento vital. Los puso a leer las obras clásicas, a pensar con criterio propio y a fijar las ideas en el papel. Les explicó las corrientes en boga del positivismo francés y el evolucionismo inglés, del nihilismo ruso y el socialismo utópico. Trazó anchas alamedas en la imaginación aldeana con un discurso inaudito sobre Europa, América y un mundo nuevo posible. Fundó una Academia de Ciencias Sociales, bregó por tres lustros hasta establecer el Ateneo de Costa Rica, presidió el Colegio de Abogados y el Tribunal de Casación. Hizo de su cátedra de Derecho un solio de la filosofía, la civilización y la cultura universales. Enalteció el país al par de las ciudades-estado griegas, la república romana y la federación helvética. Perfiló un futuro distinto, el de la aristocracia nueva fundada no en el dinero sino en el trabajo, en la virtud y no en los prejuicios, la aristocracia racional y humana como origen y fundamento de esclarecido linaje. Según testimonio fehaciente de su discípulo don Ricardo Jiménez Oreamuno, «fue su influjo el de una primavera que empuja el brote de las hojas, el abrimiento de los botones, que hincha los gérmenes y pone cantos en los nidos. Causó una explosión de vida intelectual –la frase no es exagerada–. […] Así como las cosechas de los campos se renuevan y el sol permanece uno y vivificante, ¿qué ha sido, en suma, su función doctrinal? La de verbo luminoso del pensamiento nuevo».

Desde el primer día enseñó democracia y republicanismo con fe cívica inquebrantable en el porvenir de Costa Rica y su destino de grandeza espiritual y política en Mesoamérica y el Gran Caribe. Colocó a la persona y sus derechos fundamentales en el centro de su vigoroso mensaje humanista y libró una campaña inclaudicable por la igualdad de la mujer con el varón. Propugnó por la ciudadanía activa, el municipio eficiente y el gobierno tan pequeño cuanto fuerte: gobierno centralizador es gobierno caro, por su esencia. Polemizó con hábiles sacerdotes sobre las virtudes del laicismo, sin amenguar la dimensión moral del cristianismo. Favoreció la prudencia, la moderación y el gradualismo inherentes a la vía costarricense al desarrollo, aunque le cupiera desempeñarse bajo la dictadura durante un sexenio, una década de gobiernos fuertes y escasos nueve años de incipiente democracia electoral. Enseñaba que el buen gobierno es exponente de las fuerzas intelectuales y éticas de la sociedad que encauza, designado para sus tareas de dirección con perfecta conciencia y libertad cumplida. Cara a cara le reconoció su alumno y asistente don Cleto González Víquez: «…habéis predicado el amor a la democracia y el amor a las públicas libertades, […] habéis enaltecido el respeto a las leyes, el respeto a las instituciones, el respeto a la voluntad de los pueblos. Y como las buenas ideas y los sanos principios germinan y fructifican, vuestras predicaciones han acabado por hacer posible el advenimiento de prácticas verdaderamente republicanas en esta sección de Centro América. Los triunfos que hemos alcanzado en cuanto a régimen político, son vuestros en primer término».

Los trabajadores y los pobres fueron siempre objeto de su atención y cuidado personal. Echó a andar el primer banco obrero del país, organizó esquemas mutualistas y proporcionó la plataforma programática a uno de los primeros partidos obreros. Apoyó las buenas causas de auxilio a los desheredados y predicó un concepto eficaz del principio de solidaridad. Propuso un seguro tripartito contra accidentes del trabajo y toda la suma de protección posible mutua y del Estado para la clase laborante. Instruyó a los artesanos, de quienes se mantuvo cerca; en Navidad, visitaba a los presos y trataba a los mendigos. Defendió la empresa particular como motor del crecimiento económico y previó el rol del Estado para nivelar las fortunas en aras de la justicia social. Estudiante y seguidor suyo, don León Cortés Castro señaló «su cerebro vigoroso de donde han emanado hermosas ideas luciendo el atavío de su lenguaje florido, y su corazón magnánimo, inagotable fuente de consuelo para atenuar las miserias de la clase menesterosa. […] El pueblo de Costa Rica […] os condecora con el dictado elocuente de Benefactor de la Patria».

Los periódicos divulgaron casi toda su producción sobre temas de actualidad, jurídicos, económicos y políticos. Redactó una ley de prensa y otras avanzadas piezas legislativas sustantivas y procedimentales. Alentó las manifestaciones artísticas nacionales o foráneas, y reseñó representaciones operísticas y teatrales. Los cánones de la estética fueron acotados por él, al igual que las normas literarias y el estilo de una escuela de retórica forense y parlamentaria. Estimuló y prologó obras principales de prominentes escritores costarricenses. Publicó aquí cinco de sus ocho libros y uno de sus cuatro folletos. Don Mario Sancho Jiménez, admirable entre sus pupilos más renombrados, opinó: «Su verbo maravilloso es el clarín de oro que […] ha operado en la república el milagro que dice el Génesis que realizó la mano de Dios en las tinieblas del caos. Hacer la luz dando a las inteligencias el obsequio de las nuevas ideas filosóficas, los nuevos credos estéticos, las nuevas orientaciones de la ciencia jurídica y despidiendo con su pluma en el periódico, como la antigua Palas con su lanza, los mejores destellos que han iluminado el pensamiento patrio».

Fue un solitario. Su esposa y su hija permanecieron en la Habana y apenas si lo visitaron en 26 años. Residió sin compañía en una habitación de hotel –salvo cuando el pasante de abogacía Ricardo Jiménez Oreamuno lo adoptó como padre y abandonó su hogar cartaginés–. Se conocen poquísimas anécdotas de su existencia asaz circunspecta. Sus discípulos y amigos comprendían y perdonaban su irritabilidad exagerada y protuberante autoestima. Caballero a la vieja usanza, dos veces fue a batirse en el campo del honor. Elegante, vestía a la europea con bastón, leontina y reloj de oro; apreciado causeur, amó la buena mesa y escanció exquisitos vinos; de estatura mediana, lució espesa barba hasta los 40, encalveció mucho y engrosó después por su estilo sedentario de vida; sufrió dos accidentes cerebrovasculares y, luego de una década de reposo doméstico, murió en su ciudad natal a los 76 años, posiblemente de cáncer prostático. Se desconoce el paradero de la biblioteca que fue su mayor posesión terrena.

Su advenimiento obedeció a gestiones de compatriotas suyos que desde 1868 escaparon de la guerra contra el Imperio Colonial Español y se refugiaron en el altiplano al centro del pacífico país del café. Tres abogados de Bayamo vinculados con el presidente Carlos Manuel de Céspedes –José Mª Céspedes Orellano, Jorge Carlos Milanés Céspedes y Ramón Céspedes Fornaris– constituyeron la vanguardia de un foco seminal que trajo consigo el proyecto cespedista de país, transplantándolo en el humus social de Costa Rica a la manera del logos espermaticós o logos generativo explicado por Justino Mártir. Ese núcleo germinal estimuló una mentalidad emprendedora y progresista, que preservaba al mismo tiempo el respeto a las tradiciones y costumbres, sin caer en los excesos del individualismo. Zambrana, los tres bayameses y otro centenar de coterráneos suyos dejaron una inquietud literaria y el ascendiente duradero de sus corrientes ideológicas; en concepto de don León Pacheco, «podemos decir los costarricenses que a partir de la influencia de los cubanos de la emigración, nacemos a la conciencia de la vida intelectual». Fue un puente de marcada influencia ideopolítica a través del espacio caribe entre Cuba y el borde occidental del mar antillano.

Los emigrados cubanos y otros transterrados latinoamericanos, usamericanos y europeos se encariñaron aquí por la afabilidad de los habitantes libres de diferencias raciales, quienes desde los albores de la independencia cultivaban el amor a la justicia, la libertad y la paz, inspirados por los ideales de la Revolución Francesa. «Costa Rica es un reino pequeñito de leyenda», atestiguó el poeta hispano León Felipe. El clima benigno de los valles intermontanos y el consiguiente espíritu democrático constituían atractivos adicionales, así como la prodigalidad de la naturaleza o el extendido ánimo progresista estimulado por el comercio del café con Europa. Rómulo Gallegos, el novelista venezolano, acentuó «la ternura del paisaje de Costa Rica [que] se relaciona con la nobleza de sus gentes». Sociedad abierta desde siempre, el extranjero era bienvenido por su bagaje cultural y empresarial o su experiencia en artes y oficios. Gabriela Mistral, la poetisa chilena, habló de este país como «esa patria llena de sentido humano». La juventud acogía entusiasta las enseñanzas de preceptores procedentes de otras latitudes quienes traían ideas novedosas para la emancipación mental que realizara la autonomía política. Miguel de Unamuno, el pensador español, subrayó «el envidiable nivel de cultura pública a que ha llegado la pequeña República de Costa Rica».

Debo la primera noticia sobre el Maestro al culto cubano don Rubén Lores, quien hace 40 años publicó un ensayo sobre el «positivismo idealista» de Zambrana en la Revista de Filosofía de la Benemérita Universidad de Costa Rica. Me topé de nuevo con su figura estelar en la investigación sobre los años costarricenses del general Antonio Maceo, y el impulso de escribir sobre su quehacer democratizador y republicano generó un enorme interés en mí, por lo que desde hace más de una década empecé a auscultar bibliotecas, hemerotecas y fondos archivísticos. Quizá por su militancia autonomista, la historiografía cubana no ha trabajado aún la persona de Zambrana, quien aparece como un intelectual incomprendido no obstante ser uno de los dos redactores de su primera constitución política. Historiadores de la Isla me advirtieron que la suya sería una de las biografías más intrincadas y, acaso, poco interesantes; a otros, en cambio, les llamaban la atención las poco conocidas relaciones de conflicto y cooperación en la manigua revolucionaria con el presidente Céspedes, el Padre de la Patria. Invitado a participar en una jornada de la cultura cubana, leí a fines de 2002 el trabajo «Confluencias de José Martí y Antonio Zambrana en Costa Rica». Desde entonces, me dediqué de lleno a realizar el tema que ha originado este libro, con el cual cierro un ciclo de investigaciones resultantes en el Idearium Maceísta (Editorial Juricentro, 2002) y Las dos visitas de José Martí a Costa Rica, 1893 y 1894 (en prensa). « ¿Quién te becó para hacer esta labor?», me interrogó curioso un académico-político. Nadie me donó nada –si bien de mi peculio costeé viajes, asistentes y documentación–; he llevado adelante la iniciativa pro bono publico: de esta manera quiero abonar un poquito de mi deuda personal con la patria que me ha dado tanto.

El título de pater et magister de esta democracia republicana podría parecer altísono. Responde, empero, a la valoración coetánea que del Maestro hicieron sus hijos intelectuales y discípulos famosos, en especial don Ricardo y don Cleto —«dos gigantes de la política costarricense, […] de notable formación cultural y de inflexibles escrúpulos como funcionarios, y se podría desear que en determinados momentos del siglo XX, los Estados Unidos se pudieran haber jactado de tener semejantes hombres en la presidencia»—.

El ideal republicano de Zambrana consistía en el ordenamiento jurídico que protege y garantiza los derechos de los ciudadanos dentro de una igualdad relativa, fundado en la efectiva separación de los poderes y un sistema de pesos y contrapesos entre los diversos órganos del Estado; ponderaba las virtudes del territorio pequeño circundado de montañas cuyo orden político nace desde abajo, en el cual los ciudadanos anteponen el bien general a su interés particular; y ensalzaba la democracia directa a la manera de la República de Ginebra que inspiró El contrato social del citoyen vertueux Jean-Jacques Rousseau. Ciertamente, el proceso histórico de forjar la sociedad democrática, justa y libre es colectivo y complejo, con el Pueblo Soberano en el rol protagónico, lo cual no niega la función del líder intelectual, el dirigente político o el estadista auténtico.

La travesía de la espesa y adornada foresta retórica de Zambrana demanda del lector concentración y colaboración, pacto de lectura que el autor propone y agradece de entrada. La zambránica es una verba florida del siglo trasanterior, con la cual borda más que hilvana las ideas. Ninguna biblioteca posee reunidas las obras del Maestro, ni existe una antología asequible de sus discursos eufónicos, ensayos por decenas y centenares de artículos aparecidos en publicaciones cotidianas dispersas en países y períodos distintos. Hay un empeño en este trabajo para lograr que la expresión de su pensamiento resuene con su propio estilo personalísimo –escribía como si perorara– en citas generosas y en dos o tres textos completos.

A riesgo de abusar de la cantidad de notas, se intenta dar cuenta de las personalidades que él menciona en sus escritos; asimismo, se incluyen datos sobre personajes históricos, deidades griegas o romanas y hechos corrientes en su época que ahora podrían parecer lejanos a algunos lectores. Un asterisco al lado de un nombre indica que está incluido en la sección «Noticias biográficas», ubicada al final con vistas a facilitar la lectura.

Estos apuntamientos pretenden ser una búsqueda del Doctor Zambrana más que una narración de su época, su vida y su obra, tarea enorme para la cual se requeriría una investigación amplia y honda que desborda por mucho las posibilidades de un anhelo autodidacto «a pie y descalzo». Hay numerosos aspectos por escudriñar en el afán de esclarecer las raíces y las dimensiones de su influencia en la formación de la personalidad y el carácter costarricenses.

¿Importa Zambrana hoy?

Sí, porque la principal misión del pensamiento es la de determinar el futuro: el pensamiento precede a la acción, como el relámpago al trueno. En la crisis de transición que surca nuestra sociedad hacia la Tercera República –enervada la farmacopea neoliberal impuesta en los amargos tres lustros más recientes–, conviene escudriñar los proyectos de país diseñados por generaciones precedentes. El apotegma de George Santayana, «los pueblos que ignoran su historia están condenados a repetirla», podría hacerse trágica realidad si imperaran aquellos que apetecen el statu quo ante de la Revolución Liberal Positivista: así de vasta es la apuesta casada sobre la arena política nacional. En semejante coyuntura, es necesario rescatar valores democráticos, principios republicanos, objetivos económicos y planes sociales, propósitos educativos y culturales e ideales de espiritualidad, dentro del ánimo de restituir significación al futuro del tiempo costarricense. Si los orígenes enriquecen al presente, el presente debe alimentar al porvenir: un revivir que es al mismo tiempo renovar y conservar el patrimonio adquirido, tradición/transición: «ser fiel a la tradición es ser devoto de la llama, no de la ceniza». Hoy como ayer, el Maestro de don Cleto y don Ricardo puede amparar con sus ideas-fuerza la restauración de la confianza a fin de construir un futuro diferente, reencontrar la vocación económica del país, rebalancear las fuerzas del mercado y las potestades del Estado, e inventar una nueva filosofía de los derechos sociales que ascienda de la asistencia estatal a la plena inserción participativa y productiva de todas las personas en las faenas de la patria. Las utopías de una época suelen ser la obra de las generaciones siguientes: el pensamiento zambránico puede ser útil al alborear el siglo XXI en la tarea histórica de llevar a la práctica nada menos que la democracia de los ciudadanos, la república sincera, eficaz y honesta que él enalteció.