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El héroe de Castillo Viejo
Septiembre 4, 2007 10:13 PM


• Palabras en la presentación del libro de Clotilde Obregón Quesada (Editora), Diarios de Faustino Montes de Oca Gamero (Editorial UCR, 2007)

La publicación de los Diarios de Faustino Montes de Oca Gamero, 134 años después de haber sido escritos como reminiscencias para su hijo ―y, a la larga, para sus nietos, bisnietos, tataranietos y también nosotros, sus compatriotas del siglo XXI―, es un hito en las celebraciones ciudadanas del sesquicentenario de la victoria de Costa Rica sobre el filibusterismo de los Estados Unidos. Celebraciones ciudadanas que no oficiales, porque dos gobiernos consecutivos han mantenido displicente silencio ante el hecho más prodigioso de nuestra existencia democrática y republicana. La Editorial UCR merece un especial reconocimiento cívico por la oportuna producción de esta obra, que enriquece una generosa cosecha sobre la Guerra Patria, la cual ya va por siete títulos aparecidos en 2006 y 2007.

Desde el inicio del conflicto bélico, el Presidente Mora determinó que el oxígeno del filibusterismo se desconectaba en la ruta del tránsito, con la ocupación militar del río San Juan, el lago de Nicaragua y el estrecho entre La Virgen y San Juan del Sur. Su estrategia incluía atrancar el «camino real» de William Walker, por el cual recibía refuerzos de Nueva Orleáns, Nueva York y de California. «La destrucción del filibusterismo», escribió el estadista en mayo de 1856, «está en los veneros que nutren esta hidra. Costa Rica puede cortar enteramente la navegación del río en San Juan del Norte, y el bloqueo de Realejo y San Juan del Sur completarían la obra. […] Lo repito, su pérdida está en el bloqueo de los puertos».

Luego de la victoria de Santa Rosa y del triunfo de Rivas en la primera campaña, superada la crisis de la peste del cólera asiático y contrarrestados los primeros intentos golpistas de la quintacolumna traidora, comenzó la segunda campaña a fines de 1856. En acciones de precisión quirúrgica, la espada de Costa Rica yuguló al filibusterismo en el instante que se logró dominar el río San Juan. La toma de la vía del tránsito significó el aniquilamiento del poderío invasor en Nicaragua, y constituyó, a juicio del historiador don Rafael Obregón Loría, «la mayor gloria del ejército costarricense». El Presidente Mora proclamó: «Sobre el río San Juan y el Gran Lago no iluminan los rayos del sol otra bandera que la costarricense». El tricolor nacional flameó de Tortuga a Punta de Castilla y a bordo de los vapores fluviales y lacustres a lo largo de once meses. A muy elevado costo para su desmejorado tesoro público, la nación asumió entonces las responsabilidades de fideicomisaria sobre esas tierras y bienes nicaragüenses, para defenderlos de ataques filibusteros mientras tanto se establecía un Gobierno en el anonadado país hermano.

Medio millar de soldados de fortuna quedaron varados en las vecindades de Greytown, sin posibilidad de remontar el río y el lago para salvar a Walker del asedio de las fuerzas centroamericanas en Rivas. En un esfuerzo desesperado, los irregulares al mando del coronel A. S. Lockridge pudieron ocupar La Trinidad, en la desembocadura del Sarapiquí. Entonces, una hueste de 400 mercenarios se lanzó contra una veintena de valerosos costarricenses, defensores de la fortaleza del Castillo Viejo.

¿Quién comandaba a los atacantes usamericanos? Nada menos que el temible coronel Henry T. Titus (1825-1881), fundador de Titusville, cabecera del condado Broward, conocida como Ciudad Espacial de Estados Unidos por ser la puerta de entrada al Centro Espacial Kennedy. Titus había sido el compinche de Narciso López en la Florida, durante su segunda expedición filibustera contra Cuba. Luego, sembró el terror en las luchas fratricidas de los negreros contra los antiesclavistas en el estado de Kansas. Cuando desembarcó en Centroamérica, en una expedición del vapor Texas, su record de violencia era apabullante.

De caer el Castillo Viejo, se rompería el tapón y los refuerzos rescatarían a los invasores. El mismo Walker escribió que si esos esfuerzos y esos gastos hubieran alcanzado el éxito, «los americanos habrían quedado establecidos en Nicaragua de manera permanente».

La sobrehumana defensa de la fortaleza ―del domingo 15 al jueves 19 de febrero de 1857―, fue liderada por don Faustino Montes de Oca Gamero, con desventaja numérica de 17 a 1, armados los invasores con equipo de punta recién traído de la Unión Americana. Cada uno de los 22 costarricenses que pelearon como leones, reforzados por George Cauty, inglés residente en San José, es digno de gratitud perpetua. Del fuerte San Carlos, a la salida del Gran Lago, llegaron también 77 hombres de refuerzo.

El testimonio de don Faustino es único porque fue escrito no para la publicidad sino para que sus descendientes supieran, en el santuario de la familia, de sus sacrificios por la patria. A través de las generaciones, el texto fue preservado como un tesoro íntimo ―si bien, el recordado maestro Obregón Loría lo sintetizó hace medio siglo, en su obra La Campaña del Tránsito―. Ahora, la señora historiadora doña Clotilde Obregón Quesada, tataranieta del Héroe de Castillo Viejo, nos concede el privilegio de compartir esta narración, aleccionadora en su sencillez y en su profundidad.

Sencillez, porque don Faustino relata, sin adorno alguno, unos hechos que él considera normales, parte del cumplimiento de su deber. Profundidad, porque contiene una norma cívica vigente aún hoy. Escribe a su hijo, don Adán Montes de Oca Mora: «Yo te aconsejo que prefieran la muerte primero que, por egoísmo, permitir la entrada al enemigo de su Patria».

La historiografía usamericana parte generalmente del libro de Walker, La Guerra de Nicaragua, texto que se suele citar como si fuese una fuente bíblica. La historiografía centroamericana generalmente sigue a la usamericana. Con razón dijo Winston Churchill que la mejor manera de hacer historia, es escribiéndola el mismo interesado. Por eso, el nombre del Héroe de Castillo Viejo es insuficientemente conocido. Además, la prensa de aquella época contó el asunto como si el protagonista hubiese sido el inglés Cauty, quien tuvo mucho mérito pero no lideró a los defensores de la fortaleza.

«La suerte de la guerra fue debida a los esfuerzos hechos en el Castillo y digan lo que quieran», escribió don Faustino. Un camarada de Walker, Charles W. Doubleday concurrió en la valoración del significado de aquellas acciones heroicas, cuando escribió que «el fracaso en forzar el paso por el río San Juan y abrir la puerta a los refuerzos para Walker, cercado en Rivas por un aterrador cuerpo de tropas centroamericanas unidas, fue la causa virtual de su derrota última en Nicaragua». Así lo entendió el Presidente Mora quien, al recibir a las tropas victoriosas en La Garita, vio a don Faustino, «se apeó (del caballo), y sin saludar a su hermano ni a ninguno de los jefes que a su lado estaban, se dirigió a mí con los brazos abiertos», narra don Faustino, «y me abrazó fuertemente». Después, el Gobierno lo promovió a Teniente Coronel y lo condecoró con la Cruz de Honor.

El libro que se presenta aquí contiene otros elementos de hondo significado. Por una parte, las anotaciones de don Faustino mientras capitaneó una embarcación en el Gran Lago, que revelan detalles muy interesantes en el tejemaneje de las semanas previas a la capitulación de Walker. Por otro lado, el resumen de la correspondencia de don Faustino desde el exilio salvadoreño, junto con la familia Mora Porras y las personalidades más destacadas del Gobierno derrocado.

Fueron los exiliados costarricenses quienes iniciaron en El Salvador la caficultura en grande. Fueron ellos quienes construyeron el camino al puerto de La Libertad. Quizá doña Clotilde decida publicar un epistolario que sirva de referencia para la historia de aquella importante influencia costarricense en el desarrollo del acogedor país.

Existen por ahí, en archivos familiares, testimonios y documentos de la Costa Rica heroica, la que, al decir del maestro mexicano José Vasconcelos, «se constituyó en conciencia de la América española», cuyas hazañas, según el sabio francés Élisée Reclus, deben tomar sitio en la historia de la humanidad, «al lado del de Maratón. Las peripecias de la lucha americana no han sido menos emocionantes que las de los conflictos entre Europa y Asia, y la causa que triunfó no fue menos gloriosa». Falta aún mucho por investigar, descubrir, estudiar y publicar de aquellos compatriotas que dieron su vida para hacer posible la Costa Rica que hoy tenemos.

Gracias, doña Clotilde, por hacernos partícipes de ese tesoro familiar que su bisabuelo don Adán Montes de Oca Mora, su abuelita doña Mariana Montes de Oca Alvarado, su santa señora madre doña Sara María Quesada Montes de Oca, y usted misma, han cuidado con cariño y fervor patrióticos.

Y que Dios nos ilumine y nos fortalezca para cumplir fielmente con nuestro destino, así definido por el autor de estos Diarios: «Preferir la muerte, primero que permitir la entrada al enemigo de la Patria».